LA TENSIÓN ENTRE EL MIEDO Y LA ESPERANZA

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En la actualidad de nuestras vidas, asistimos en Colombia a un preocupante crecimiento exponencial del número de casos confirmados por Coronavirus (Covid-19), los cuales, según el Instituto Nacional de Salud, se proyectan a un total de 3.989.853 en todo el territorio nacional. En estas circunstancias, el siguiente escrito tiene por objeto interpretar dicha realidad en clave de esperanza, ofreciendo algunos elementos que nos invitan a mirar más allá de los hechos y las cifras, para reconocer a través de ellos importantes fuentes de inspiración y cambio, necesarios en el mejoramiento de la convivencia humana.   

Pero para ello, es importante preguntarnos qué entender por esperanza. Esto porque para algunos esta virtud encierra una suerte de actitud pasiva frente a los acontecimientos de la vida, que solo supone esperar a que las cosas pasen hasta que sobrevengan otras mejores. Sin embargo, un pensamiento como ese solo tiene como resultado un caminar hacia la nada. La esperanza, en cambio, la podemos pensar como una espera en tensión con la realidad, que compromete una actitud proactiva y que conjuga la confianza en la superación de la dificultad (fe) y el trabajo mancomunado en busca siempre del mayor bien posible (caridad). Lo anterior, como parte de un importante proceso de trasformación humana, social y espiritual.

Así las cosas, en medio de esta tensa calma que nos cobija, podemos entrever algunos elementos esperanzadores de la situación. Uno de ellos tiene que ver con esa capacidad de superación humana ante las adversidades, precisamente porque este momento, a pesar de que apenas comienza y que sabemos no se solventará en el corto plazo, será una situación a la que podremos dar respuesta siempre y cuando acatemos las indicaciones, guardemos las distancias y trabajemos de manera coordinada y en unidad. Otro elemento tiene que ver con aquel viejo proverbio que postula que todo momento de crisis trae siempre consigo una profunda sabiduría, acompañada de grandes enseñanzas. A partir de esto, podríamos observar a continuación algunas que ya se muestran de manera tímida y que guardan un interesante potencial de inspiración para la trasformación de nuestras formas de relacionamiento con la familia, la casa común y la ciudadanía en general.  

La vida de los mayores. Por mucho tiempo hemos estado preocupados por lo que producimos, llegando incluso a establecer en nuestras formas de relacionamiento una suerte de vínculo transaccional, a partir de lo cual se valora al otro solo por su utilidad: «¿Qué tienes para darme?». En virtud de esto, hemos ido relegando en muchos aspectos de la vida humana a quienes ya no aportan tanto a esa producción. Pero hoy, por los mismos factores de riesgo que entraña el Coronavirus, nuestra mirada se ha orientado al cuidado de los mayores, viendo en ellos ese capital de vida que nos urge proteger. Ciertamente que la mirada a esta población nos humaniza y nos recuerda nuestro compromiso y responsabilidad para con ellos. Con todo, no faltará el viejo que, ante tanta atención y preocupación, se sienta extraño porque, al fin y al cabo, ya estaba tristemente desacostumbrado.

Las pequeñas cosas. Otra enseñanza que puede traer consigo una crisis como la actual, aunque a primera vista parezca trivial, puede ser la que se desprende de la alta demanda de tapabocas. Pero, ¿qué valor tiene esto en tiempos comunes y corrientes? Con todo, al día de hoy uno solo de ellos se convierte en un elemento de particular cuidado, especialmente para profesionales de la salud que se están viendo afectados por la escasez del producto. De fondo, está la falta de consciencia ciudadana de algunos que han acaparado estos elementos de protección. Sin embargo, lo que vemos en perspectiva es que un simple tapabocas se convierte en una importante alegoría, que nos pone de presente ante una muy remarcada cultura del descarte, y nos plantea la gran ironía del valor que entrañan las pequeñas cosas y del giro que estas dan cuando lo que antes era insignificante hoy termina convirtiéndose en vital para nuestras vidas. Cabe decir, en este sentido, que aquí ya no se trata solo de tapabocas, sino también de la manera como nos relacionamos con los otros y con nuestra casa común.    

Un propósito común. Si bien las interpretaciones que surgen alrededor de esta pandemia pueden malversarse en acciones individualistas, lo cierto es que la actual propagación del Covid-19 ha propiciado también toda una narrativa de responsabilidad social de los individuos, que en muchos casos ha sido promovida por liderazgos políticos, sociales y religiosos. En efecto, las mismas características del virus obliga a que se hable en términos de autoprotección, corresponsabilidad y cuidado de los otros, toda vez que de este cuidado común depende que la propagación pueda ser contenida, para romper así la cadena de infección. En este estado de las cosas, las ideologías más recalcitrantes quedan sin argumentos ante la realidad única de la cual todos dependemos. El arrogante se sabe tan humano, frágil y expuesto como su oponente más odiado. Aquí todos cabemos, porque si algo nos enseña este tipo de situaciones es lo democrática que resulta ser la enfermedad y la muerte.  

En consecuencia, asumir estas enseñanzas en clave de esperanza supone poner nuestra confianza en la fecundidad trasformadora de las reflexiones que se nos imponen en el actual momento. La tensión del presente nos invita a no perder de vista que toda contingencia puede ser superada en la medida en que todos, como sociedad, aportemos a dar respuestas, esperando con paciencia, creyendo en medio de la dificultad y ofreciendo lo mejor de nosotros mismos, para que, al final de esta batalla, podamos decir que fuimos capaces de vencer el miedo, abrazar la vida y luchar por ella. #MásJuntosQueNunca



Luis Fernando Henao

Observatorio de Realidades Sociales

 

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