9 DE ABRIL: DÍA NACIONAL DE LA MEMORIA

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Nosotros, señor Presidente, no somos cobardes. Somos descendientes de los bravos que aniquilaron las tiranías en este suelo sagrado ¡Somos capaces de sacrificar nuestras vidas para salvar la paz y la libertad de Colombia!

Impedid, Señor, la violencia. Queremos la defensa de la vida humana, que es lo que puede pedir un pueblo. En vez de esta fuerza ciega desatada, debemos aprovechar la capacidad de trabajo del pueblo para beneficio del progreso de Colombia.

(Jorge Eliécer Gaitán, 7 de febrero de 1948).

El 9 de abril de 1948 es para la mayoría de los colombianos y colombianas una fecha que asociamos a Jorge Eliécer Gaitán. Esto es justo y necesario en la perspectiva de rendir homenaje a un líder como él. Si, además, queremos arriesgarnos a interpretar por qué su muerte provocó el Bogotazo y otros levantamientos en varias regiones de Colombia, es importante ahondar el análisis y la comprensión de los hechos y su contexto.

Al ubicar la importancia de ese día en los sucesos históricos de la segunda mitad del siglo XX y lo que va del XXI, la insurrección o levantamiento popular del 9 de abril y días ulteriores ocupa un lugar fundante en la memoria colectiva de movimientos de diverso matiz organizativo, especialmente los campesinos, cívicos, obreros, estudiantiles, étnicos, con perspectiva de género, artísticos, religiosos e intelectuales. También para los movimientos insurgentes que nacieron en los años 60 del siglo pasado, el hecho del 9 de abril es un antecedente de gran importancia. 

Por lo dicho, la interpretación del asesinato de Jorge Eliécer Gaitán y de los hechos que desencadenó este crimen, más la respuesta oligárquica nacional e imperial, puede, ente otros, considerar cuatro aspectos: 1. el contexto internacional, 2. el contexto capitalista nacional, 3. el fortalecimiento del movimiento político popular liderado por Gaitán de corte anti-oligárquico, y 4. la confrontación entre las oligarquías liberal y conservadora por el control del Estado. 

El fin de la Segunda Guerra Mundial y la creación de la Organización de las Naciones Unidas instalan un nuevo escenario. En este, las dos potencias vencedoras de la guerra comienzan a disputarse el mundo. Las oligarquías colombianas, incluyendo la liberal, toman partido por el bloque que consolida los intereses de los Estados Unidos. La construcción de USA como imperio está marcada por la instalación a nivel global de políticas nacionales que ubican al comunismo y al pensamiento de izquierda como enemigo de los norteamericanos y sus aliados. El contexto internacional está signado por el anticomunismo estadounidense, reprimiendo todo movimiento de izquierda y por el afán imperial de recolonizar América Latina para hacerse con el control de los recursos naturales y los mercados. En este aspecto, la Novena Conferencia Internacional Americana, que se realizó en esos días en Bogotá, fue un paso definitivo en la ofensiva diplomática imperial. A nivel de América, la Organización de Estados Americanos (OEA), creada en abril de 1948, se convierte en el instrumento del imperialismo norteamericano para el control continental.

A nivel nacional, desde inicios del siglo XX, se dan pasos en relación a la industrialización y a la urbanización, así como hacia la proletarización del trabajo. No obstante, en los años cincuenta, con la violencia en el campo, se afianza esta dinámica capitalista incipiente en lo rural y, en consecuencia, en lo urbano. A la par de ello, Estados Unidos ahonda su intervencionismo y desde mediados de los cuarenta aumenta la instalación de enclaves económicos. En el abanico de países de América Latina, en el caso particular de Colombia, el periodo corrido entre 1948 y 1960 significó el aseguramiento de la plataforma para la consolidación posterior de parques industriales, áreas de monocultivo, formación de centros de mano de obra calificada con incidencia directa de fundaciones estadounidenses y la proletarización de la mano de obra nacional.

En relación con lo político, lo cultural y lo social, la insurrección del 9 de abril de 1948 implicó una afrenta sustancial a la costumbre. Las oligarquías liberales y conservadoras tenían un dominio hegemónico, por supuesto, no absoluto, de la participación política de la población, afirmado en la canalización de las demandas sociales, culturales y económicas, a través de los partidos políticos liberal y conservador. 

Jorge Eliécer Gaitán, gracias a su carisma encarnado en su imagen, elocuencia y filosofía, logra la adhesión de un amplio número de personas que creen en una propuesta de política y de gobierno diferente a la de las oligarquías. Gaitán no logra romper con la figura del partido político liberal o conservador, pero sí consigue convencer a los sectores sociales que uno es el pueblo y otras son las oligarquías, y que los intereses de los pueblos no son los mismos de liberales y conservadores. Eso es un paso gigante, un cambio de la mayor importancia histórica.

La figura de Gaitán se construye desde los años treinta, con fracasos y aciertos, en el contexto nacional del regreso del Partido Liberal al Gobierno de Colombia y bajo la dirección de Alfonso López Pumarejo, un presidente cuyas decisiones son acertadas en relación a las expectativas que tenían los sectores populares urbanos y rurales, así como los de izquierda. Dado que el contexto internacional atestigua el ascenso del nazismo y el fascismo, y el inicio y desarrollo de la Segunda Guerra Mundial, el proceso de Colombia en esos años le permite ubicarse en el ala antifascista de los bandos. Pese a ello, el liberalismo se fracturó, dando la espalda al pueblo.

Ante el horror del crimen, la población inicia su protesta acudiendo a la violencia, sin lograr canalizar la fuerza y la justa ira, en un movimiento para hacerse con el control del Estado. Al contrario, las oligarquías supieron dejar sus diferencias circunstanciales a un lado y concentrarse en la defensa de sus intereses políticos y económicos estratégicos. Junto al generalato de las Fuerzas Militares, dieron la espalda a las demandas del pueblo y se concentraron en la represión de la protesta, usando francotiradores y diferentes acciones ofensivas que en lo práctico sellaron la comisión de una masacre, incluso, atacando a sectores de la policía que se declararon y asumieron la rebelión. El error del pueblo, seguramente entre otros, fue cederle el manejo del momento a las oligarquías. El pueblo no tuvo la capacidad de constituir una junta popular para orientar el levantamiento. Finalmente, las oligarquías se afianzaron en el poder, terminaron de destruir en los siguientes catorce años el movimiento antioligárquico que Gaitán conglomeraba e impusieron un Estado neocolonial de corte estadounidense, formalmente democrático pero profundamente autoritario, clasista y de un capitalismo de enclave.

Pese a la derrota, ni el hecho del 9 de abril de 1948 ni los hechos de los meses venideros fueron vandalismo, salvajismo y venganza. Aceptar calificativos como esos es legitimar la lectura infame que pretende instalar la oligarquía, es desconocer que ese pueblo lleno de tristeza había demostrado, en la multitudinaria movilización del 7 de febrero de 1948, una disciplina profunda en la cuasiceremonial caminata que concluyó con la oración por la paz.  

El Bogotazo fue una insurrección, fue un levantamiento popular que se expresó en Bogotá, Cali, Medellín, Barrancabermeja y otras ciudades y regiones de Colombia; es el suceso más contundente del siglo XX en términos del actuar colectivo de demostración de la fuerza incontenible que puede alcanzar un pueblo en rebelión. Pese a las dificultades, despojó a las élites del dominio ideológico hegemónico, notificándoles la existencia de otras maneras comunitarias de entender la realidad. La revuelta popular enraizó culturalmente la diferenciación entre los intereses de la oligarquía y los de las mayorías nacionales. Gaitán ayudó a reconocer que el hambre era común para el pueblo, más allá del oligarca y del partido que gobierne. Queda a la posterioridad educarse para reclamar la unidad de las fuerzas populares, evitando el espontaneísmo, la desorganización, la dispersión y la confusión. 

Hoy 9 de abril de 2019, setenta y un años después del magnicidio de Jorge Eliécer Gaitán, Día Nacional de la Memoria y la Solidaridad con las Víctimas del Conflicto Armado, el presidente Iván Duque llegó hasta Caldono, Cauca, y no se reunió con la Minga por la Defensa de la Vida, el Territorio, la Democracia y la Paz; alegó temores por su seguridad. 

Seis décadas atrás las oligarquías y el imperialismo estadounidense optaron por la masacre, entonces usaron palabras como vandalismo para calificar la protesta popular. Ahora el fiscal general de la nación, Néstor Humberto Martínez, expresa que tiene información de que “algunos grupos armados organizados que se han infiltrado”, al parecer, “quisieran desarrollar un acto terrorista que podría afectar” la seguridad del presidente Iván Duque. El fiscal general estigmatiza nuevamente a un movimiento social dignamente organizado, negándose al diálogo público con los mingueros y mingueras. 

Es muy importante saber si el Gobierno nacional y el Estado de Colombia escucharán estas palabras que resuenan desde hace setenta y un años, sesenta y dos días antes de su asesinato, cuando un 7 de febrero de 1948, en la Plaza de Bolívar, Jorge Eliécer Gaitán expresó: “Señor presidente: serenamente, tranquilamente, con la emoción que atraviesa el espíritu de los ciudadanos que llenan esta plaza, os pedimos que ejerzáis vuestro mandato, el mismo que os ha dado el pueblo, para devolver al país la tranquilidad pública”.

O el Gobierno nacional y el Estado de Colombia escucharán estas palabras que aturden desde el 7 de abril de 2019, hace dos días, cuando el senador y expresidente Álvaro Uribe Vélez expreso: “Si la autoridad, serena, firme y con criterio social implica una masacre es porque del otro lado hay violencia y terror más que protesta”.   

En cualquier caso, a las comunidades les corresponde seguir resistiendo, construyendo una Colombia por los derechos humanos, la dignidad, el respeto y cuidado de la naturaleza, la justicia y la paz, acudiendo a la solidaridad internacional, esa que ACNUR expresa con las siguientes palabras:

Retomando las palabras del Centro de Memoria Histórica, ACNUR reconoce la importancia de la conmemoración de este día, pues “el olvido nos ha conducido siempre a la repetición. Colombia olvidó demasiado y la guerra siempre regresó”. De igual manera, ACNUR se une a las miles de voces que hoy rinden homenaje a quienes se han ido y han sufrido a causa de la guerra, así como celebra el valor y respalda a las comunidades que resisten en los territorios apostándole a la paz a través de la construcción de memoria, reconciliación y la participación efectiva.

John Freddy Caicedo-Álvarez
Especialización en Educación en Derechos Humanos
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