QUE NO SE NOS OLVIDE EL CUIDADO DE LA CREACIÓN

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Por estos días de lluvias, truenos y relámpagos, dicen que el cielo se está pronunciando…


Dicen que le duelen los engaños y las divisiones tan recurrentes y cíclicas en la historia humana.


Dicen que sus lágrimas tratan de limpiar la sangre que, desde arriba, se ve comprometida en medio de la guerra.


Dicen que no entiende cómo se mercadea con la tierra y el agua, mientras que parece importar muy poco su cuidado.


Dicen que el cielo sabe que la mayor amenaza contra la vida es la guerra… y que por eso seguirá llorando.


Dicen que no llora sólo por su dolor, sino que también lo hace como reclamo…


Reclama para que lo rural no se vea sólo con ojos productivistas o agropecuarios, sino como territorios para la siembra de vida, para el cuidado de la biodiversidad y como futuro sostenible.


Reclama porque se mengüe la gran fiesta minera que se ha extendido ilegal y legalmente por el territorio, envenenando el agua y lacerando la tierra.


Reclama por una real escucha a las comunidades campesinas, indígenas y afrodescendientes, pues desde sus procesos organizativos hay ejemplos de cuidado de la vida.


Reclama porque se dejen de sembrar minas y para que se inicie la siembra del agua.


Reclama porque se haga la paz con los ecosistemas, con sus suelos, sus especies, sus ríos, sus minerales; reclama por una paz con el viento, las plantas y los animales; reclama por una paz con toda la creación, para que la lluvia no sea ni llanto ni reclamo…  para que cada gota sea una refrescante celebración.


 

Observatorio de Realidades Sociales.
 
 

En relación con el tema ambiental, el nuevo relato necesario para el país que empieza a tomar forma a partir del proceso de negociación del fin del conflicto político armado, ya existe. Es decir, ya hay una agenda ambiental y un nuevo relato que ha sido construido, reflexionado, defendido y promovido durante muchos años, en los últimos tiempos, por los miembros del movimiento ambientalista. Y respecto a las posibilidades de un futuro distinto que se plantean si se logra el fin de una de las guerras que nos ha aquejado y se cumple el compromiso de asumir un nuevo acuerdo respecto a la manera de enfrentar los conflictos y hacia el emprendimiento de acciones que solucionen los problemas sentidos para construir una paz completa, no sólo ese relato de los ambientalistas colombianos es una referencia fundamental, sino que habría que decir que, como lo reseñamos en semanarios pasados, ellos, los que saben del tema, lo presentaron a la mesa de negociaciones de La Habana.

Ese panorama es más positivo aún, si se revisan las 297 páginas del documento de acuerdo de La Habana, pues resulta muy fácil identificar la cercanía entre las propuestas del movimiento ambientalista y lo que se plantea de manera transversal a lo largo del documento de acuerdo, especialmente en los capítulos dedicados a la reforma rural integral y a la solución al problema de drogas ilícitas. Es decir, los acuerdos acogen formalmente lo que muy juiciosamente los expertos en el tema ambiental en Colombia han construido durante años.

Así las cosas, qué haría falta para que ese relato se haga realidad, considerando que se habría superado una parte importante del asunto: construirlo. Si bien la construcción de relato, la transformación en la manera de nombrar la realidad tiene un efecto sobre la realización de ella de determinada forma, del dicho al hecho hay un trecho que va más allá de la enunciación y que pasa por convertir en acciones esa potencialidad expresada en palabras. Así como es fácil suponer que la mayoría si no todos, estemos en desacuerdo con el maltrato animal y es un paso fundamental construir un nuevo relato que cambie la mirada frente a la relación que establecemos con los animales que nos rodean y con quienes convivimos (Es distinto asumir a los animales como cosas que como seres sintientes), es necesario que esa nueva mirada se haga “hecho” en la vida cotidiana; es decir, que además de nombrar de manera distinta esa relación, nos cuestionemos, por ejemplo, por lo que hacemos con aquellos animales que tenemos cerca en nuestro día a día, pero también por aquellos que sin hacer parte de nuestra cotidianidad, afectamos de manera menos directa a través de acciones respecto de las cuales no medimos sus alcances en el mediano y largo plazo. Lo mismo ocurre con el tema ambiental en términos más amplios.

Entonces, el asunto no sólo está en aprobar o no los acuerdos de paz (hay que leerlos sí, para tomar la decisión que como ciudadanos nos corresponde, acorde con nuestra visión del mundo), pero más allá de la votación en el Plebiscito del 2 de octubre, habría que revisar esos acuerdos y el documento “Once Propuestas desde el Ambientalismo Colombiano”, enviado por los ambientalistas a la mesa de negociaciones de La Habana, para descubrir, qué de eso que proponen los expertos, podemos integrar a nuestra cotidianidad de manera real, no sólo en términos de intenciones, buena voluntad en abstracto o apoyo en la distancia.

Ese panorama nos pone en el de nuestra responsabilidad como ciudadanos en la construcción de una paz completa, pues nos permite entender que esa paz integral, de la cual un primer paso podría ser el fin del conflicto armado con las FARC-EP, significa no sólo un compromiso entre quienes han sido protagonistas directos del combate armado durante 60 años, sino de todos los colombianos, para superar las otras situaciones que afectan a nuestro contexto.

Volviendo al tema ambiental y retomando lo propuesto por el movimiento ambientalista en su documento de 11 puntos, ese nuevo relato significa para todos, como individuos, como miembros de una familia, como parte de una comunidad, como autoridades o servidores públicos, como líderes o movilizadores de opinión, compromisos asociados a asumir una transformación ética respecto al tema ambiental y formarnos en esa nueva ética. Caben allí, preguntas que debemos hacernos respecto a nuestras prácticas cotidianas y su efecto frente al medio ambiente, pero también en relación con la formación de nuestros niños y niñas, como futuros responsables de la protección y el respeto del ambiente que pueden practicarlo desde ya. Igualmente, deben entrar allí cuestionamientos necesarios sobre las decisiones que como autoridades tomamos frente a proyectos y planes, y la manera como éstos pueden afectar no sólo el contexto ambiental más inmediato sino el que se presente a mediano o largo plazo, o aquel que habitan otros miembros de nuestra comunidad. Como ciudadanos, cabe la reflexión sobre la necesidad de participar de manera real en la discusión y la decisión frente a los temas ambientales. Una de las paradojas del asunto es que aunque este nuevo relato existe desde hace algunos años, lo hemos dejado en manos solamente de los ambientalistas, como si se tratara de algo que no nos afecta a todos o como si no fuéramos nosotros mismos, con nuestras acciones, decisiones y omisiones, los responsables de la afectación ambiental que se ha producido. Por ello, frente a la propuesta de desarrollar procesos de planificación participativa en el campo y en la ciudad, que plantean los ambientalistas y que se recogen en distintos momentos en los documentos de La Habana, el asunto implica para nosotros participar como ciudadanos, exigir, defender y no seguir siendo cómplices del daño que se hace, que puede no ser nuestra responsabilidad directa, en algunos casos, pero lo es indirectamente con nuestra omisión.

Independientemente del fin del conflicto político armado, y aunque es más fácil lograrlo con su superación, el nuevo relato sobre lo ambiental, para un nuevo país, ojalá sin guerra, requiere de nuestra participación. Sin guerra o con ella, no podemos mantener las mismas prácticas, creencias y relaciones que hemos establecido y que, aunque no lo reconozcamos aún, nos han llevado a la situación de degradación que tanto preocupa a quienes saben del tema ambiental. La invitación entonces es a leer las 297 páginas del acuerdo de La Habana, no sólo para aprobarlo o no y votar, sino para descubrir qué es parte de nuestra responsabilidad y hacer lo mismo con el documento del movimiento ambientalista colombiano.

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El Observatorio de Realidades Sociales es un servicio y un espacio de la Arquidiócesis de Cali para monitorear, interpretar, difundir e incidir en el conocimiento de las realidades sociales de la ciudad-región, con la perspectiva de acompañar a la ciudadanía en la construcción de alternativas de vida.

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