EL “ACUERDO TÁCITO” QUE NO CUMPLIMOS

 Inicio / Realidades y Presencias / SEMANARIO 129 / EL “ACUERDO TÁCITO” QUE NO CUMPLIMOS

Fecha Semanario

Ejes Temáticos

 AMBIENTAL 129

 

 

En un viejo capítulo de una exitosa comedia gringa llamada Seinfeld, caracterizada por poner el acento en resaltar situaciones absurdas de la vida cotidiana y llevarlas hasta el extremo de la hilaridad, una de sus tramas secundarias alguna vez fue el drama de uno de sus protagonistas que un día, corriendo por un parque, en medio de un grupo de palomas, había matado una al pisarla porque éstas no se habían movido al verlo venir. Con la culpa rondándolo, el personaje se debatía en un conflicto permanente y su única defensa era que esa paloma había incumplido un acuerdo tácito que existe entre humanos y palomas, según el cual cuando usted pasa entre ellas, éstas inmediatamente se apartan. Por supuesto, el drama del personaje se convertía en un chiste para el espectador, no sólo por lo absurdo del argumento, sino porque luego se alimentaba con otros accidentes que le ocurrían al personaje a lo largo del capítulo, llevando la situación al extremo.


Sin embargo, siguiendo la absurda argumentación de la comedia, en la vida real, la que transcurre por fuera de los televisores, y visto desde nuestro lugar en la ciudad, en el mundo, se podría decir que tiene validez preguntarse por los acuerdos tácitos que podría esperar la naturaleza, que nosotros le cumpliéramos; más aún cuando es tan obvia nuestra dependencia de ella.


Si uno de los primeros requisitos para establecer un acuerdo es la confianza de las partes comprometidas, qué tan confiables somos los seres humanos en nuestra relación con el medio ambiente. Nadie pondrá en duda que somos los principales responsables de la destrucción del ambiente, pero también somos la principal esperanza para su recuperación. Teniendo en cuenta la indudable deuda que TODOS tenemos en este campo, ¿cómo establecer un nuevo acuerdo con el ambiente, que termine con ese espíritu depredador y explotador nuestro, que incluso nos ha puesto en riesgo?


En primera instancia, habría que pensar que la preocupación por el medio ambiente tiene que tener algún lugar en nuestras vidas: En el marco legislativo, esto es posible a través de la formulación y aprobación de leyes, normas y lineamientos que apunten a la conservación y respeto del medio no sólo como recurso. Es una ganancia que hace pocos días haya sido aprobado por el Senado, el proyecto de ley que intenta reconocer el agua como derecho fundamental en nuestra constitución, lo que implica que sólo queda a dos pasos de su confirmación; sin embargo, no es claro que ocurra lo mismo con otros temas, como el ambiguo manejo del tema minero, en torno al cual no se discute el modelo económico que subyace y la acción de las autoridades no parece equitativa con todos los casos en los que la comunidad se queja de la existencia de explotación inconveniente o de la contaminación de sus contextos, sin contar los efectos culturales, económicos y sociales que tiene esta actividad donde se aposenta y que no se abordan.


En el marco cotidiano, esa preocupación debería verse reflejada en nuestra conciencia sobre qué tanto lo que hacemos diariamente aporta a la conservación o el respeto. Sin embargo, tampoco es claro que nos cuestionemos por los efectos que cada gesto nuestro tiene para el medio que habitamos, entre otras razones porque ni nos imaginamos que pueda tener efectos, lo cual nos endilga otra responsabilidad, la de no informarnos de verdad aunque eventualmente nos conmuevan los documentales sobre el daño ambiental y las noticias cada vez que hay un desastre… pero qué hay de los grandes desastres que se generan con la suma de los actos pequeños que hacemos cada día, desde tirar un papel en la calle, pasando por no revisar las implicaciones de los productos que consumimos y usamos, hasta temas de mayor envergadura que comprometen más fuertemente el medio ambiente, como la disposición de desechos, la prevención de riesgos y la convivencia con prácticas que ponen en riesgo fauna.


En segunda instancia, la ubicación del tema en algún lugar de nuestras preocupaciones nos debería llevar a las acciones: Entonces la pregunta no sería entonces por los efectos sobre el medio ambiente de lo que hacemos en la cotidianidad sino por las acciones que, orientadas específicamente a la protección y respeto, emprendemos desde nuestro lugar como autoridades, funcionarios, políticos o ciudadanos. Es decir, qué tanto de nuestro tiempo dedicamos a acciones cuyo objetivo preciso sea proteger el ambiente y qué tipo de acciones son esas. El viejo adagio de que para ser feliz habría que sembrar un árbol y otras cosas más, es insuficiente frente al panorama de destrucción que hemos generado, pero en muchos casos, ni siquiera ese árbol del viejo adagio hemos sembrado hasta el momento.


Finalmente, como tercer aspecto a considerar, habría que decir que parte de esas acciones que emprendamos, tendría que relacionarse con la proyección hacia el futuro de esos ejercicios de protección y respeto del ambiente, o con lograr instalar en la cotidianidad de las nuevas generaciones, no sólo el tema sino la motivación para asumir de manera comprometida el asunto. Este último punto se podría cerrar con una pregunta: ¿Qué tanto estamos formando, como padres, docentes o adultos responsables de las nuevas generaciones, por acción o por omisión, adolescentes y jóvenes que reproducen el mismo panorama de abandono, irrespeto o despreocupación por el medio ambiente que nosotros hemos construido?


 

Observatorio de Realidades Sociales.
 
 

En relación con el tema ambiental, el nuevo relato necesario para el país que empieza a tomar forma a partir del proceso de negociación del fin del conflicto político armado, ya existe. Es decir, ya hay una agenda ambiental y un nuevo relato que ha sido construido, reflexionado, defendido y promovido durante muchos años, en los últimos tiempos, por los miembros del movimiento ambientalista. Y respecto a las posibilidades de un futuro distinto que se plantean si se logra el fin de una de las guerras que nos ha aquejado y se cumple el compromiso de asumir un nuevo acuerdo respecto a la manera de enfrentar los conflictos y hacia el emprendimiento de acciones que solucionen los problemas sentidos para construir una paz completa, no sólo ese relato de los ambientalistas colombianos es una referencia fundamental, sino que habría que decir que, como lo reseñamos en semanarios pasados, ellos, los que saben del tema, lo presentaron a la mesa de negociaciones de La Habana.


Ese panorama es más positivo aún, si se revisan las 297 páginas del documento de acuerdo de La Habana, pues resulta muy fácil identificar la cercanía entre las propuestas del movimiento ambientalista y lo que se plantea de manera transversal a lo largo del documento de acuerdo, especialmente en los capítulos dedicados a la reforma rural integral y a la solución al problema de drogas ilícitas. Es decir, los acuerdos acogen formalmente lo que muy juiciosamente los expertos en el tema ambiental en Colombia han construido durante años.


Así las cosas, qué haría falta para que ese relato se haga realidad, considerando que se habría superado una parte importante del asunto: construirlo. Si bien la construcción de relato, la transformación en la manera de nombrar la realidad tiene un efecto sobre la realización de ella de determinada forma, del dicho al hecho hay un trecho que va más allá de la enunciación y que pasa por convertir en acciones esa potencialidad expresada en palabras. Así como es fácil suponer que la mayoría si no todos, estemos en desacuerdo con el maltrato animal y es un paso fundamental construir un nuevo relato que cambie la mirada frente a la relación que establecemos con los animales que nos rodean y con quienes convivimos (Es distinto asumir a los animales como cosas que como seres sintientes), es necesario que esa nueva mirada se haga “hecho” en la vida cotidiana; es decir, que además de nombrar de manera distinta esa relación, nos cuestionemos, por ejemplo, por lo que hacemos con aquellos animales que tenemos cerca en nuestro día a día, pero también por aquellos que sin hacer parte de nuestra cotidianidad, afectamos de manera menos directa a través de acciones respecto de las cuales no medimos sus alcances en el mediano y largo plazo. Lo mismo ocurre con el tema ambiental en términos más amplios.


Entonces, el asunto no sólo está en aprobar o no los acuerdos de paz (hay que leerlos sí, para tomar la decisión que como ciudadanos nos corresponde, acorde con nuestra visión del mundo), pero más allá de la votación en el Plebiscito del 2 de octubre, habría que revisar esos acuerdos y el documento “Once Propuestas desde el Ambientalismo Colombiano”, enviado por los ambientalistas a la mesa de negociaciones de La Habana, para descubrir, qué de eso que proponen los expertos, podemos integrar a nuestra cotidianidad de manera real, no sólo en términos de intenciones, buena voluntad en abstracto o apoyo en la distancia.

Ese panorama nos pone en el de nuestra responsabilidad como ciudadanos en la construcción de una paz completa, pues nos permite entender que esa paz integral, de la cual un primer paso podría ser el fin del conflicto armado con las FARC-EP, significa no sólo un compromiso entre quienes han sido protagonistas directos del combate armado durante 60 años, sino de todos los colombianos, para superar las otras situaciones que afectan a nuestro contexto.


Volviendo al tema ambiental y retomando lo propuesto por el movimiento ambientalista en su documento de 11 puntos, ese nuevo relato significa para todos, como individuos, como miembros de una familia, como parte de una comunidad, como autoridades o servidores públicos, como líderes o movilizadores de opinión, compromisos asociados a asumir una transformación ética respecto al tema ambiental y formarnos en esa nueva ética. Caben allí, preguntas que debemos hacernos respecto a nuestras prácticas cotidianas y su efecto frente al medio ambiente, pero también en relación con la formación de nuestros niños y niñas, como futuros responsables de la protección y el respeto del ambiente que pueden practicarlo desde ya. Igualmente, deben entrar allí cuestionamientos necesarios sobre las decisiones que como autoridades tomamos frente a proyectos y planes, y la manera como éstos pueden afectar no sólo el contexto ambiental más inmediato sino el que se presente a mediano o largo plazo, o aquel que habitan otros miembros de nuestra comunidad. Como ciudadanos, cabe la reflexión sobre la necesidad de participar de manera real en la discusión y la decisión frente a los temas ambientales. Una de las paradojas del asunto es que aunque este nuevo relato existe desde hace algunos años, lo hemos dejado en manos solamente de los ambientalistas, como si se tratara de algo que no nos afecta a todos o como si no fuéramos nosotros mismos, con nuestras acciones, decisiones y omisiones, los responsables de la afectación ambiental que se ha producido. Por ello, frente a la propuesta de desarrollar procesos de planificación participativa en el campo y en la ciudad, que plantean los ambientalistas y que se recogen en distintos momentos en los documentos de La Habana, el asunto implica para nosotros participar como ciudadanos, exigir, defender y no seguir siendo cómplices del daño que se hace, que puede no ser nuestra responsabilidad directa, en algunos casos, pero lo es indirectamente con nuestra omisión.

Independientemente del fin del conflicto político armado, y aunque es más fácil lograrlo con su superación, el nuevo relato sobre lo ambiental, para un nuevo país, ojalá sin guerra, requiere de nuestra participación. Sin guerra o con ella, no podemos mantener las mismas prácticas, creencias y relaciones que hemos establecido y que, aunque no lo reconozcamos aún, nos han llevado a la situación de degradación que tanto preocupa a quienes saben del tema ambiental. La invitación entonces es a leer las 297 páginas del acuerdo de La Habana, no sólo para aprobarlo o no y votar, sino para descubrir qué es parte de nuestra responsabilidad y hacer lo mismo con el documento del movimiento ambientalista colombiano.

Acerca de nosotros

El Observatorio de Realidades Sociales es un servicio y un espacio de la Arquidiócesis de Cali para monitorear, interpretar, difundir e incidir en el conocimiento de las realidades sociales de la ciudad-región, con la perspectiva de acompañar a la ciudadanía en la construcción de alternativas de vida.

Contáctenos

 

  • Carrera 4a N°7-17
  • 8890562 Ext: 1010-1013 
  • observatoriorealidadessociales@arquicali.org