LOS MIEDOS INFUNDADOS

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¡Buuuu!, es el sonido estremecedor con el que un grupo de niños asusta a sus compañeros en la escuela aprovechando que su profesora ha salido a traer una botella de agua… el ruido va acompañado de golpes en los pupitres, luces apagadas y por supuesto, del concierto de otros ruidos que se emiten desde diferentes posiciones… todo se trata de la complicidad de sustos luego del cual los niños y niñas, que son tomados por sorpresa, responden gritando y salen corriendo del salón como buscando la luz del día o la presencia de un adulto; mientras tanto, quienes actúan en el complot, a carcajadas ven a sus compañeros pálidos y asustados ponerle la queja a la maestra. Para quienes diseñaron el concierto aturdidor, esa fórmula es infalible al punto que cuantas veces la repitan sus amiguitos volverán a caer y reaccionarán asustados de la misma forma.

La receta del miedo diseñada en el salón de clase pareciera tener elementos muy parecidos a las estrategias con las cuales se impacta sobre la posibilidad de darle fin a la guerra e iniciar un proceso de reconciliación ciudadano -aunque afortunadamente el juego de los niños no tiene la malicia, el engaño y las estructuras mediáticas que tiene lo otro- Pensemos en algunos de esos miedos infundados:

Uno de los ¡Buuuuu! que han tratado de quitarle a los ciudadanos su posibilidad de encender la luz para descubrir el contubernio, con ello y de manera muy hábil los partidos políticos se llevan el protagonismo, marcan con colores a las poblaciones y se asumen como voceros de los ciudadanos sin corresponder en lo más mínimos a sus intereses y necesidades, sino que, por el contrario, sacan utilidad y provecho de ellas, o les capitalizan ágilmente en futuros votos para la acumulación de poder.

Otro de los gritos terroríficos pretende socavar la posibilidad de reconciliación ciudadana poniéndole un disfraz terrorífico al otro, que piensa y hace diferente, de manera que cada vez que se sabe algo de él, los ciudadanos prefieren correr despavoridos, señalarlo o atacarle… haciendo muy difícil que exista un acercamiento sincero y desarmado en el que pueda fluir el diálogo y la comprensión de las diversas formas de pensar o posiciones… en otras palabras, se asusta para dividir, polarizar y distraer del propósito común.   

Y como si fuera poco, se genera un miedo colectivo con el que logran desocupar una gran cantidad de “pupitres”; se provoca que los pobladores se desentiendan de su responsabilidad y poder ciudadano, abandonando el lugar de lo público en el que se construyen propuestas y se determinan los caminos colectivos de la sociedad… este abandono se traduce en apatía frente a la posibilidad de participación, desinterés en la construcción de comunidad y desesperanza respecto del futuro.
 
De allí que la triada del miedo, resumida en prácticas partidistas engañosas, enemistad con el diferente y abandono del poder ciudadano, requiere un proceso inmediato de rectificación a través del cual se haga posible la reconciliación entre los colombianos, en el que se aprenda a respetar la diferencia del otro, se desarme el lenguaje y se anime a la participación en los asuntos comunes.

Frente a lo primero, el proceso de reconciliación, hay que decir que se requiere que los partidos políticos y sus representantes más visibles rectifiquen la manera como han tratado asuntos tan delicados y de los que depende el bien común; a ellos un llamado a rectificar y a no apoderarse de banderas tan justas como las de la paz; en este caso y en este momento histórico se requiere que las banderas estén en manos de los ciudadanos y no de colores de partido.

Con relación a respetar la diferencia del otro, se hace necesario que los ciudadanos abramos la mente a entender las posiciones del otro; se requiere un intercambio de zapatos y salir de la lógica en la que se señala a los buenos y a los malos, demonios y ángeles; en ese sentido, las iglesias deben rectificar, quitando discursos moralistas a través de los cuales se excluye y señala a los otros.

Con relación a la participación -uno de los asuntos más complejos- y que seguramente necesitará mayor trabajo generacional, debido al alto desinterés en los asuntos públicos, íntimamente relacionados con la ilegitimidad política e institucional, se requiere que tanto institucionalidad como funcionarios rectifiquen y saquen de sus dinámicas el clientelismo y la corrupción, para darle lugar al bien común, al trabajo solidario y a la potenciación de la esperanza en el futuro que podemos construir desde los tejidos sociales y comunitarios.

 

 

Observatorio de Realidades Sociales.

 

 

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