RECONOCER LOS CONFLICTOS ES VITAL PARA PONERNOS DE ACUERDO

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 CONFLICTIVIDAD 129

 

 

En un Centro de Desarrollo Infantil, al Oriente de Cali, dos maestras preparan los materiales para la actividad de lenguajes expresivos en la que vincularán las artes plásticas, la música y el teatro, explorando movimientos corporales y materiales del entorno como hojas secas y tierras; asunto que les exige dedicación en la preparación del espacio físico para evitar riesgos o golpes, entendiendo que es una actividad que despierta gran efusividad y movilidad del grupo. En el alistamiento, las maestras piensan en todo: La cantidad de pinceles, el número de instrumentos correspondientes a la cantidad de niños y niñas, y hasta el color de las sillas… al menos eso queda en evidencia cuando ellas esconden dos asientos rosados, diciendo en voz de broma: “Esto lo hacemos para evitar el caos”.

Tras el detalle que inicialmente pareciera logístico, nos acercamos a dialogar con las maestras al respecto y en sus voces se argumenta de manera anecdótica la razón para esconder las sillas: “Sencillo, en el grupo con el que vamos a trabajar hay cuatro niñas y a todas les gusta el color rosado; ellas siempre terminan peleándose por usar las dos únicas sillas que tenemos de ese color”; “si tuviéramos cuatro puestos rosados no tendríamos ningún conflicto y podríamos trabajar tranquilas…” “Es algo rarísimo, pero lo más complicado es que esto altera e indispone a todo el grupo y luego es muy difícil volverlos a concentrar en la actividad propuesta”.  

Ante los argumentos de las maestras, les propusimos hablar sobre otras situaciones conflictivas con el grupo de infantes, a lo que ellas responden: “Los conflictos aparecen cuando no hay suficientes tijeras para cada uno o cuando todos quieren el mismo juguete…” Continuando con el diálogo, les preguntamos sobre su papel frente a esas situaciones. “Los evitamos, alistando el material de manera que no haya problemas por el uso de las tijeras, los colores, inclusive hemos optado por esconder algunos muñecos que son muy apetecidos y con los que todos y todas quieren para jugar”.

Siguiendo la conversa, nos dimos la oportunidad de reflexionar sobre esa práctica de alistar todo o esconder los objetos que generan situaciones de conflicto; lo hicimos tratando de hacer conciencia sobre cómo los conflictos aparecen en todo tiempo y lugar, y cómo podemos tramitarlos y aprender de ellos sin desconocerlos… En ese camino, terminamos cuestionándonos la manera como le ocultamos los conflictos a los niños y niñas, quitándoles de plano la posibilidad de que ellos aprendan sobre ello y se vuelvan artífices de sus propias mediaciones y  acuerdos.

En medio de la situación, las maestras un poco temerosas se dieron a la tarea de sacar las sillas rosadas, pero dispuestas a aprender con sus niños y niñas sobre aquello que se les presente alrededor de las situaciones conflictivas de la vida; sin duda, el grupo será capaz de llegar a un acuerdo y esa será una valiosa clase, posibilitada por las maestras y las cuatro sillas rosadas.   

Esperemos pues que la acción de reconocer los conflictos que como ciudadanos y como sociedad tenemos, sea parte de nuestro aporte hacia la búsqueda de acuerdos que nos posibiliten reaprendernos como comunidad. Esperemos que seamos capaces de reconocer las violencias y los proyectos de muerte que se han instalado en nuestras ciudades y realidades; esperemos que seamos conscientes de la guerra que hemos extendido durante las últimas décadas y de los rencores que aún tenemos; esperemos que seamos capaces de reconocer las desigualdades sociales y la poca solidaridad que hemos asumido con los más débiles; esperemos que tengamos el suficiente valor de reconocer, pero sobre todo la dedicación para reconstruir, reparar, rectificar y reconciliar.

Esperemos que todos y todas asumamos la responsabilidad de no esconder las sillas rosadas, de reconocer los conflictos y de ponernos de acuerdo. 

 

 

Observatorio de Realidades Sociales.

 

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