DOS ESPEJOS PARA RESUCITAR AL PERDÓN Y LA RECONCILIACIÓN

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Hace poco asistimos a la lamentable tragedia en la vereda Portachuelos de Rosas, Cauca; a la caravana de las 34 víctimas mortales que hoy son el dolor de numerosas familias y de una comunidad entera, como producto de las desigualdades, el olvido social y las promesas incumplidas que arrinconan a los destechados a sobrevivir a su cuenta y riesgo.

La tragedia de Rosas fue anunciada desde el 2010, cuando esa comunidad, afectada por el invierno, se le asignaron recursos mediante el Fondo de Adaptación en el 2015. Transcurridos nueve años, aún no existe ninguna casa terminada para esas familias que hoy habitan en el reino de los cielos.

Esto nos pone ante el espejo de una realidad colombiana en la que se ejecutan compromisos a medias y sin seguimiento, pactos incumplidos justificados en errores ajenos y desviaciones de los problemas sustanciales mediante el uso de una vil retórica, cual Pilato que se lava las manos ante la inclinación asesina de los que se saltan como si nada la justicia y las necesidades sociales.

Pero lo sucedido con estas familias no es el único espejo que hoy tenemos enfrente. A la par de esta realidad, el camino hacia una paz estable y duradera continua estando minado por una suerte de nostalgia que quisiera devolverse y hacer justicia por mano propia para saciar la sed de venganza, riesgo que se expresa en los más de 100 reincorporados asesinados, por mencionar los dos últimos casos, el de Dimar Torres el 22 de abril, en Norte de Santander, en confusos hechos que involucran a la Fuerza Pública, y el de Samuel David, el bebé de siete meses que murió cuando atentaron contra la vida de sus dos padres, Carlos Enrique González y Sandra Pushaina Pushaina.       

En el marco en el que se invoca aquello que forzadamente se quiere postular como justicia, algunos sectores miran con nostalgia el camuflado y el fusil, como si a eso irreversiblemente estuviéramos determinados, como si fuera imposible, como por una especie de atracción tenaz, escapar de lo que ya es costumbre: tramitar los conflictos con insultos, agresiones y plomo. Pero, ¿de dónde nos viene tanto afecto por ver correr la sangre ajena, como si tanta guerra no fuera suficiente como para seguir invocándo más?

Así pues, los dos espejos muestran las grietas que tenemos ante los ojos, por un lado, la desigualdad y, por el otro, la negación a superar las lógicas de la violencia, asunto que limita las alternativas para la reconciliación, porque de todos los caminos, este parece ser el más duro de recorrer, si bien en el sentir de un gran número de ciudadanos se reconoce la oportunidad para edificar una ruta de paz, imperfecta, claro está, como muchas de las obras humanas, reconociendo a su vez, con preocupación, el riesgo de que esta oportunidad, única en nuestra historia, se malogre, terminado en una situación aún más lamentable, en comparación con nuestro pasado de confrontación armada.

Lo anterior pone desafíos que animamos a pensar desde un entorno barrial y de cara al universo de país que nos demanda caminar con esperanza para que el país sea un territorio de paz con sus espejos centrados en la dignidad y la hermandad. La invitación es a:

·         Encontrémonos con los vecinos y vecinas alrededor de propuestas que nos permitan mantener una relación saludable en el barrio: asumamos el liderazgo colectivo de una ciudadanía activa y propositiva que camina con independencia de los líderes que generan división y confrontación.

·         Visitemos a quienes tienen alguna dificultad y tratemos de acompañar solidariamente su resolución: apersonémonos de un proyecto ético que nos exige el fortalecimiento de la amistad social, de ese vínculo humano que nos una como hermanos en pos de un proyecto de nación, que sane heridas y que busque el bien común y la armonía social.

·         Abramos espacios de conversación en el barrio, en los que se comparta la palabra y el afecto, invitando a reconocer las diferentes formas de pensar y al diálogo respetuoso: invitemos a que se renuncie al discurso de la guerra y al caudillismo insano, maldiciente e inclinado a azuzar los ánimos de la opinión pública a punta de falacias para ganar réditos políticos.

·         Construyamos procesos de aliento comunitario de manera que cada barrio tenga propuestas concretas para la vida en comunidad y prevenga riesgos sociales o naturales: trabajemos de cara a un proceso de participación ciudadana que abogue por los derechos fundamentales y sociales, que son, a su vez, necesidades vitales para nuestro país.

·         Caminemos juntos sin importar que nos demoremos más; es importante estar juntos, darnos ánimo y fuerza. Recordemos que el camino fácil no es la opción: profundicemos en el camino hacia el perdón y la reconciliación en Colombia, entendiendo que esto es posible solo si lo hacemos desde la base, desde la casa, la cuadra, el barrio, la comuna, el corregimiento y la ciudad región.

El mes de mayo puede ser un buen mes para presenciar actos genuinos de perdón y de paz, para vivir la pascua con acciones y reflexiones que nos permitan hacer memoria de las víctimas y del Cristo negro de Bojayá. Declara el 2 de mayo como día del perdón entre los colombianos. 


Observatorio de Realidades Sociales

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