LOS VIENTOS QUE NOS DEBEN IMPULSAR

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Agosto, mes de vientos, mes del descanso de las vacaciones de los más jóvenes, que se ve representada en la liviandad de andar sin las tensiones y cargas del resto del año y estar abiertos a la alegría, que en este mes se expresa a través de echar a volar cometas y por medio de ello, dar rienda suelta a la diversión.


Esos vientos de agosto tienen muchos sentidos: Se asocian a cambio, se asimilan también con libertad, con liviandad y además, tienen el sentido de ser motor, de ser impulso, porque esos vientos no sólo empujan hacia arriba los papalotes sino que son los que permiten que las velas que ocupan mares, ríos y lagos, conduzcan a los navegantes hacia su destino; sin embargo, también pueden convertirse en obstáculo y frenar el avance, como cuando se transita en sentido contrario a ellos.


Así pues, nuestra cotidianidad está acompañada de muchos vientos, conformados por todo aquello que nos mueve, nos estimula a salir diariamente a resolver la vida y superar obstáculos, con la seguridad de que esos vientos que nos impulsan, le dan sentido a nuestra existencia.


Pensando justamente en los vientos como motor, en estos tiempos tan llenos de polémica, confusión y de un contexto nacional y local que demanda nuevas formas de relacionarnos con el mundo y entre nosotros, ¿qué vientos son los que nos deberían impulsar hablando de educación y de cultura ciudadana?


   Nos deberían impulsar los vientos de transformación de una sociedad que en este momento muestra manifestaciones de formas de ser y vivir que buscan espacio: Nuevas sensibilidades o sensibilidades que han permanecido invisibilizadas o excluidas y que hoy reclaman su derecho a contar; nuevos seres humanos (algunos provenientes de la guerra) que manifiestan su deseo de regresar y participar de una vida más tranquila y que no implique su anulación ni la de los otros. Esos vientos de transformación deberían impulsarnos, desde el lugar que nos corresponda (como padres de familia, ciudadanos, funcionarios, líderes sociales o políticos, como autoridad) a hacer todo lo que esté a nuestro alcance para conseguir una sociedad local y nacional, más incluyente, solidaria, respetuosa del otro, considerada con las condiciones de vida distintas a la propia y dispuesta a defender a quien no cuente mínimamente con las posibilidades de ser y expresarse que yo mismo tengo. En ese marco, la educación como mecanismo transformador de sociedad y  formador de las nuevas generaciones tiene una función fundamental y los procesos de cultura ciudadana, son una oportunidad para convertir esa transformación en acciones cotidianas, que construyan una mejor ciudad.


    Nos deberían mover los vientos de reconciliación, porque la guerra no es sólo la que se ha librado durante más de 50 años; justamente por ser herederos de ella, hemos convertido en cotidianidad, modos de relacionarnos cargados de agresividad, desconfianza, duda permanente frente al otro por el solo hecho de que es diferente a nosotros. Esos vientos de concordia deberían impulsarnos a cambiar la apuesta por la de un país que primero confíe y si resulta engañado, sólo en ese momento despierte su desconfianza, una nación que se siente capaz de construir con el otro y de brindar oportunidades a ese otro (no sólo tres oportunidades como solemos decir, sino tantas como las que la vida nos da a nosotros, que nunca son sólo tres... pues la vida nunca deja de dar). En este contexto, la educación tiene que prepararse desde ya para dar la bienvenida a esas nuevas sensibilidades, para recibir a quienes llegan (con cupos, ofertas académicas, contenidos que permitan esa llegada en las mejores condiciones) y fiel a su misión, constituirse en el lugar donde se forman los nuevos seres humanos que darán forma al país y a la ciudad que queremos para los próximos años. Y la cultura ciudadana, es el escenario en que ponemos en juego eso que la educación nos proporciona. Entonces resulta válido preguntarse: qué ejemplo le estamos dando o le vamos a empezar a dar a las nuevas generaciones con nuestros comportamientos diarios y con nuestra forma de relacionarnos.


   Nos deberían motivar a trabajar diariamente, los vientos de inclusión, solidaridad y respeto por el otro. Todos en algún momento hemos vivido la experiencia de no sentirnos parte de... o no ser aceptados en un contexto determinado... pensemos por un momento en lo que significa tener que vivir la cotidianidad diaria, toda la vida, en una enorme lucha por ser reconocido, por sentirse integrado a... una familia, un contexto escolar, una ciudad, un grupo de amigos, una nación, cuando ello no debería implicar grandes esfuerzos. ¿Cómo estamos aportando cada uno de nosotros, todos, en nuestra vida diaria, desde los lugares que nos corresponde, a integrar a aquellos que aún no encuentran espacio en nuestra sociedad?, ¿cómo traducimos el respeto que decimos tener por el otro, en verdaderas acciones que le permitan a ese otro vivir una vida, por lo menos, con las posibilidades que nosotros contamos?


    Nos deberían impulsar los vientos de construcción de democracia y fortalecimiento de espacios de participación; de nuestra participación y de la necesidad de abrir esos espacios para la participación de los otros, para que su voz sea escuchada y cuente; más aún cuando superado un capítulo importante del conflicto político armado, se acaban los pretextos para seguir aplazando la construcción de paz y el abordaje de tantos temas pendientes de solución: La corrupción, la pobreza, la inequidad, el acceso a salud, el desempleo, la seguridad ciudadana, el maltrato contra la mujer y contra niños y niñas, y tantos otros asuntos que requieren la participación de todos, pero que hemos dejado pendientes porque la guerra copa gran parte de las preocupaciones, se lleva el presupuesto, nos inunda de desesperanza y nos hace pensar que no hay nada más que hacer, que ocuparse de lo propio sin preocuparse por el bienestar colectivo, para tratar de que nada lo afecte a uno, sin preocuparme por el vecino. En términos de educación, esa democracia y participación se construyen desde el aula, permitiendo que la voz de las nuevas generaciones cuente, escuchando lo que su relación con la pedagogía nos dice y ajustando el sistema educativo, sus programas, contenidos y formas a las nuevas sensibilidades y necesidades humanas. En el campo de la cultura ciudadana, esa democracia y participación atraviesan toda nuestra cotidianidad, incluyendo cómo elegimos, cómo resolvemos los conflictos que son inevitables, cómo exigimos del Estado lo que le corresponde hacer pero también hacemos nuestra parte como ciudadanos, y cómo nos asumimos no sólo como sujetos individuales sino como miembros de un colectivo respecto del cual tenemos derechos pero también obligaciones.




Observatorio de Realidades Sociales.

 
 
 

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2.       Cuando la situación es más crítica es cuando se debe tener más aplomo y mesura para proteger la apuesta por la vida sin dejar que la ansiedad se apodere de nosotros y nos lleve a medidas desesperadas.

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