EL CHARCO, ENTRE LA POBREZA Y LA ZOZOBRA

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A 465 kilómetros al norte de San Juan de Pasto, en la desembocadura del río Tapaje, sobre la Costa Pacífica, con una población aproximada de 39.349 habitantes, la mayoría de la zona rural (25.679), está ubicado el municipio de El Charco.

 

“En mi zona todo era tranquilo hasta la llegada de la coca, al punto que ya a los nueve años aprendí a procesar el alcaloide, actividad que desarrollé aproximadamente hasta los catorce”, dice un joven de veintisiete años, oriundo de El Charco. “La gente acudió a la coca porque era más fácil para conseguir el dinero. De ahí empezaron a entrar los paramilitares en los noventa; la guerrilla estaba desde antes, pero con la llegada de aquellos empiezan los enfrentamientos”.

 

Y es que el conflicto armado en el departamento Nariño es un flagelo que viven todos los pueblos en la costa pacífica nariñense, sin mencionar el resto (Cauca, Valle y Chocó). En 1998 el conflicto armado se agudizó en este territorio a causa de la desconfianza y el temor de sus habitantes, por la presencia de actores armados (paramilitares – guerrilleros), situación que provocó desplazamientos, amenazas y asesinatos en toda la población por el control territorial. Allá asesinaban a familias enteras, desterraban al campesino para despojarlos de sus tierras. En el 2007 se dieron graves enfrentamientos, teniendo como consecuencia quince mil personas desplazadas y siete mil doscientos en el 2010.

 

Con todo este panorama, era desalentador el futuro inmediato, porque no había acciones de parte del Estado que favorecieran a esta población que sufría la intensa guerra que causaban los grupos armados en el territorio. A pesar de esta cruda realidad, existía una esperanza en el proceso de paz entre el Gobierno y la guerrilla de las FARC-EP, por el cual las gentes, cansadas de tanta violencia, decidieron votar sí en el plebiscito del 2 de octubre de 2016, con la fe y el optimismo de encontrar la verdadera paz. Pero no fue así, porque en vez de cesar la guerra, aumentó más; o mejor, fueron cambiando sus expresiones: conformación de estructuras propias conocidas públicamente como disidencias de las FARC-EP (Guerrillas Unidas del Pacífico), multiplicación de las bandas criminales (llámese paramilitares, microtráfico, etc.), presencia de grupos explotadores de la madera, el oro y, en general, de los recursos naturales, disputándose el control territorial para sus negocios ilícitos y de narcotráfico sin ninguna cortapisa ni control estatal.

 

En medio de la gravedad de la situación, a principios de septiembre de este año (2018), se presentó una crisis humanitaria en la vereda Las Mercedes, donde setenta y cinco familias se vieron en la necesidad de huir hacia las instituciones educativas y el hospital del lugar, que luego colapsaron por el número de personas que allí llegaron. Fueron momentos de terror, dice un líder a través de redes sociales: “(…) Los habitantes comenzaron a salir de sus viviendas con solo un maletín en el hombro y llenos de pánico (…). Van saliendo del pueblo de Las Mercedes porque supuestamente va a ser bombardeado. (…) Todo este pueblo se está yendo. Este pueblo se está quedando solo”.

 

En medio de la riqueza de sus territorios y de su estratégica ubicación, pareciera que esto fuera más una desgracia que una bendición para sus pobladores, pues los ojos de las grandes corporaciones están detrás de toda esta diversidad de tesoros que debieran redundar en beneficio de sus gentes. Y cómo no plantear esto si existe un extenso bosque y ríos caudalosos que hacen de este lugar un paraíso cultural de fauna y flora, veinticinco veredas que viven de la caza, la pesca, la agricultura, la madera y la minería ancestral. Algo sumamente importante, la cultura de hermandad donde todos son paisanos, compadres, comadres y tíos, lo cual se ve afectado por el conflicto que logra romper la cadena de afectos, amores, ternuras, solidaridades que se han tejido durante muchos años, convirtiendo este bello lugar en un corredor para los negocios del narcotráfico y la compra y venta de armas de los grupos ilegales que se disputan el control del territorio.

 

Para terminar, dice el joven, “es triste mirar un pueblo que se debate entre la pobreza y la zozobra de una guerra que no le pertenece, donde todos los días en algún rincón se observan amenazas y asesinatos de sus gentes, las cuales optan por irse a otros lugares con la esperanza de una mejor vida”. 

 

“¿Mejor vida dónde? No lo sé”, pues las políticas que implementa el actual Gobierno van en contravía de la paz, la alegría, la felicidad, la satisfacción de las necesidades básicas. Lo que se sienten son vientos de guerra que soplan con gran intensidad, lo demuestran los asesinatos tanto de líderes y lideresas como de reinsertados que creyeron que era posible el sueño de la paz con justicia social; la represión despiadada del ESMAD contra el movimiento social; la intromisión en asuntos del país hermano de Venezuela, jugando incluso un papel estratégico para la intervención armada; las políticas agresivas y regresivas en materia tributaria, entre otros tantos indicadores de violencia estatal.

 

¡Mejor vida habrá cuando el pueblo sea el que tome las riendas de su propia historia!... Por ahora, sólo empobrecimiento y zozobra es lo que se avizora.

 

Silvia María Salazar Giraldo
Fundación Intercultural Barule

 

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