EL DÍA EN QUE LA IGLESIA CATÓLICA OPTÓ POR LA EDUCACIÓN LIBERADORA

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La defensa por la educación pública que por estos días tiene en las calles a los estudiantes universitarios de todo Colombia, recuerda una historia poco conocida que ocurrió en Medellín en 1968 cuando representantes de la Iglesia, reunidos en la Segunda Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, decidieron apostar por una educación al servicio del desarrollo humano y no del mercado.

 

La voz gruesa, clara y fuerte del padre Luis Eduardo Medina describe ese momento como una “época extraordinaria de la Iglesia”. El padre “Luchito”, como lo conocen en el trabajo comunitario, fue uno de los abanderados del proceso de transformación que sacudió la manera tradicional de entender la educación, la cual en los colegios privados de la Iglesia y laicos era sumamente elitista como él recuerda.

 

Desde sus inicios en la vida sacerdotal, Luchito sin proponérselo, asumió su vida como franciscano vinculado a la educación, una veces como director de colegios católicos y en otra como presidente de la Confederación Nacional de Centros Docentes.
En la década de los 60´s tomaba fuerza la Teología de la Liberación, una corriente teológica basada en la opción preferencial de los pobres que influyó en una nueva visión de la educación que para ese momento, explica el padre Luis, “estaba orientada más que todo por Europa, por la UNESCO concretamente y por las organizaciones de Holanda y de Inglaterra que influían notablemente en la forma de educar en nuestro país y entonces, naturalmente era una visión de los poderosos”.

 

Luchito hizo parte de un movimiento pedagógico que reunía religiosos y laicos que inspirados por Paulo Freire proponía que los niños, niñas y jóvenes no solo aprendieran de matemáticas, español o biología, sino que se centraba  “en la formación política y social de los niños y jóvenes para que la fe fuera desarrollada en la dimensión política y social”, cuenta el padre Luis Medina.

 

En el ocaso de sus 89 años, Luchito vive su vida iluminado por la primera luz del día y, tal como hace 68 años cuando se ordenó como sacerdote, sigue en las calles de los barrios, del lado de los pobres, con la misma fuerza y convicción de que la educación debe formar mujeres  y hombres con un espíritu crítico comprometido con la transformación de las realidades sociales.

 

Las conclusiones de la Conferencia General del Episcopado Latinoamericano recogidas en los que es más conocido como el “Documento de Medellín” se convirtieron para el padre Luchito en el libro guía, en la “biblia” para colocar en práctica una educación que no estuviese “orientada al mantenimiento de las estructuras sociales y económicas imperantes”, tal como está consignado en las memorias de la Conferencia.

 

Hace 50 años el  Documento de Medellín planteó encontrar en la educación liberadora una visión de vanguardia frente al sentido de la educación como clave para que los pueblos latinoamericanos se liberaran, como se dice en el Documento, de las “servidumbres culturales, sociales, económicas y políticas que se oponen a nuestro desarrollo”.

 

Salir de los conventos, trascender una educación basada en la oración, los salmos y las celebraciones romanas para tener una vida más cercana al pueblo, una vida al lado de los pobres “todo eso fue tildado de marxismo en esa época, por eso en las Iglesia y en los colegios tuvimos grandes dificultades”, recuerda el padre Luis Medina de una época en la que sentía el don de Dios sobre él.

 

Medio siglo después, y en medio de una juventud que carga en lo alto la bandera del derecho a la educación como principio del desarrollo humano y de la justicia social, coincide el actual movimiento estudiantil con la opción que en su momento la Iglesia hizo por una educación liberadora como “medio clave para liberar a los pueblos de toda servidumbre y para hacerlos ascender de condiciones de vida menos humanas a condiciones más humanas”.

 

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