EL DRAMA COTIDIANO

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 VIDA ESPIRITUAL 129

 

Siempre ha vivido en el mismo sitio; a pesar del decorado, el lugar nunca cambia. Está parado en medio del barullo que forma el fluido de la ciudad. Alguien lo mira y se pregunta ¿en qué estará pensando ese ser con tanta quietud arropándole, en medio de la masa informe de humanidades que corren?

El asunto es que él oye todo lo que le dicen; las palabras se frasean en los mandatos del hogar; no falta la atención a las órdenes necesarias para cumplir en el trabajo; oye las músicas y las noticias de la radio y televisión; le llegan a sus oídos los pitos y frenazos en su trasegar por calles y avenidas. Oye y responde a cadenas de palabras para comprar y vender, para hacer o pedir favores, para recordar cómo se hacen las cosas por aquí y sobre todo para intuir como se deberían de hacer.

Un día ante tanta repetición de significados y sentidos, se preguntó si estaba oyendo de verdad o si pasaba que su oído ya no oía, de tanto escuchar lo mismo; si todo lo que pasaba era que creía que oía y sólo se podía imaginar que lo que alguna vez oyó, es lo que siempre se oye y pasa en la vida.

Fue entonces al médico especialista que, previos y costosos exámenes físico químicos, diagnosticó un funcionamiento perfecto del oído. El problema o la sensación de problema, persistía. Entonces el galeno le remitió al área de atención mental, donde un psicólogo le atendió atentamente, diagnosticando estrés; prescribió descanso y unas píldoras para llevar mejor el cotidiano, que básicamente le producían sueño. Siguieron varias consultas para tratar el indeterminado problema, que a fuerza de visitas burocráticas buscando su diagnóstico y solución, se volvía una enfermedad grave, severa y crónica. ¡Estaba enfermo y no era del oído! Todo lo que podía hacer era seguir oyendo y seguir viviendo los días como si todo funcionara bien, muy bien.

Un día inesperado, mientras corría a su rutina, se encontró con el homeópata del barrio y por alguna razón inexplicable decidió contarle su enfermedad de “realidad”, que ya no sabía muy bien cómo nombrar. El homeópata hizo de la confesión un momento para desviarlo de su destino, le hizo llegar tarde a la siguiente cita porque se sentaron en algún sitio a conversar mientras miraban a algún lugar en el fondo de los parques que les circundaban. El homeópata le regaló sin ninguna fórmula o factura, unas gotas de valeriana para que descansara en la noche y después le dijo unas breves palabras:

-          El asunto es que tu oyes bien, de pronto demasiado bien cada detalle; como el país es bullicioso, de todo se oye por aquí; la pregunta es si tu escuchas lo que oyes. Se sabe que oír puede ser una competencia física y social que implica acceder al lenguaje de las cosas y de la vida en común; pero mi hermano, escuchar es una capacidad vital, cultural, psicológica; es una disposición a reconocer a los otros y los planes y sentidos de vida que los movilizan; escuchar implica conversar con los otros. Vos no te preocupes por lo que sentís, tenes el “mal del país”, tenes dificultades para escuchar tanto barrullo y tanta discordia. Eso pasa cuando hay exceso de desencuentro, cuando tenemos dificultad para reconocernos en los otros y cuando creemos que sólo lo que nosotros sentimos y pensamos vale. La realidad, la construimos entre todos; no te olvides de eso; trata de escuchar y conversar.

Ahora va despacio; mira las cosas tratando de entender qué dicen; busca escuchar su sentido y entiende que sólo en la conversación reposada, es que devienen nuevas realidades y nuevos acuerdos para vivir la vida dignamente. En medio de la bulla, ahora mismo, la realidad puede ser otra, si escuchamos la exclusividad del momento que nos arropa. Vamos haciendo el mundo compartido a partir de los acuerdos que siempre dejan como posibilidad la escucha y la conversa. Pensémoslo despacio, aun en medio de las carreras.


Observatorio de Realidades Sociales.




 

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