EL CAMBIO SOCIAL Y LA PRÁCTICA DE LA GENEROSIDAD

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Sabemos que una buena parte de los dramas, las guerras y las violencias que se dan en el país, obedecen a las grandes problemáticas y conflictos sociales que persisten, frente a los cuales se plantea la necesidad siempre aplazada de cambios en las formas políticas y de convivencia. Sin embargo, esa posibilidad de cambios genera mucha incertidumbre desde siempre, pues ha sido difícil históricamente llegar a acuerdos sobre los pilares básicos hacia los cuales dirigir los rumbos compartidos de la nación; también es cierto que en momentos decisivos han primado los intereses particulares, lógicas cerradas y mezquinas; incluso es posible decir que en ciertos momentos de nuestra historia larga, a sectores de mucho peso en las decisiones colectivas, les ha faltado claridad y generosidad.

Hoy estamos en un momento decisivo relacionado con la búsqueda del fin del conflicto armado, que podría situarnos en una nueva oportunidad de generar cambios. La pregunta clave es si estamos en el camino correcto, pues hay sectores que señalan la posibilidad de los acuerdos de paz y la búsqueda de construcciones democráticas, como un camino equivocado. Pensemos eso en la brevedad de estas líneas.

Hay dos vías por las cuales se han extraviado recurrentemente los anhelos de trasformación social en Colombia: La primera versión ha sido la de que todo cambie, para que todo siga igual; es decir, cambios de maquillaje en los cuales se valida la misma lógica de vencedores y vencidos, de transacciones de élites de espaldas a la sociedad y que terminan en la reproducción de la venganza y en la acentuación de un sistema excluyente e injusto. En el siglo pasado hemos asistido recurrentemente a ese tipo de escenarios que han sido funcionales a la persistencia de la guerra y a la legitimación del despojo y la injusticia.

La otra versión agotada se asocia con la imagen bastante idealizada de que todo cambie de una vez y radicalmente, estableciendo como fin un pulso en el cual se establecen unos valores de nueva sociedad, una nueva hegemonía superior en todo sentido, que implicará según la repetida retórica, un nuevo amanecer que corta la historia de victimización y reivindica nuevos caminos. Tras esos ideales han caminado muchas generaciones, siempre afectándose por las violencias asociadas que terminan afligiendo sobre todo a los sectores más vulnerables; es decir, quienes se ven más afectados por el efecto de la radicalización desmedida de los enfrentamientos. Son los sectores a nombre de los cuales se dan los enfrentamientos; las comunidades más excluidas y populares son las que han llevado la peor parte. Sin embargo, el cambio radical se aplaza, se diluye.

Las dos vías, la reformista (la del cambio planeado) y la revolucionaria (la de la toma radical del poder para cambiarlo todo), se han cerrado recurrentemente; no hemos podido hacer ni verdaderas reformas, ni verdaderas revoluciones. Esto sucede porque han faltado soluciones de compromiso verdadero y responsabilidad en el momento de actuar. De acuerdo con el interés general y por encima de los beneficios particulares. Los cambios son construcciones humanas; requieren un sentido de proceso, tanto a nivel individual como colectivo; demandan un sentido de responsabilidad con la historia; un compromiso para trascender de los ideales a los instrumentos y espacios para afectar la cotidianidad. No hay cambios sociales y/o políticos, si no se observa la experiencia de manera realista y sincera, y si no se asumen con responsabilidad las decisiones y los actos propios desde cada sector social o político. En momentos como éstos, es importante salir del temor a los cambios, de los limitados marcos ideológicos y de la pequeñez de las políticas convencionales. Es importante entender que las verdaderas transformaciones dependen de la capacidad que tengamos de discernir caminos y de saber transitarlos con paciencia, creatividad y generosidad.

Observatorio de Realidades Sociales.

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