LAS CIFRAS NO ALCANZAN

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Aprendimos de los organismos gubernamentales que los fenómenos violentos se miden en indicadores y que el dolor es irrelevante, pese a que este sea —en muchos casos— el combustible de la violencia.

En nuestro país, a pesar de que contamos con una fuerte tradición de la tragedia y las muertes violentas, no hemos conseguido que se recuerde a los muertos con decencia. La indiferencia provoca que olvidemos el nombre del vecino que asesinaron por robarle su cartera mientras esperaba el bus que lo llevaría al trabajo. Así de buenos somos. A menos que se trate de una figura famosa, los medios de comunicación difícilmente nos instan a recordar el nombre de una víctima del conflicto. Existe un gran esfuerzo por parte de otros, para que los ciudadanos nos olvidemos de nosotros. En el marco de esta realidad, hoy quiero hablar de manera particular de Yumbo:

Somos un pueblo pequeño con una gran tolerancia a la maldad; en este caluroso lugar los violentos no discriminan edad ni género. En Yumbo nos acostumbramos a presenciar variaciones de la maldad con las que pueden ser cometidos los crímenes. Hace 8 años, cuando decidí trasladarme a vivir a Yumbo, un buen amigo me dijo con cara de preocupación “ese pueblo es caliente, te toca ser muy serio por allá”… desde que llegué a este lugar he comprendido que sus palabras eran honestas.

En Yumbo aprendimos a decir que “anoche mataron a dos o tres”, pero no nos ocupamos de saber quiénes eran. Una paradoja muy colombiana es que a pesar de llevar más de medio siglo lidiando con la muerte y la violencia, sentimos que estas son lejanas, que difícilmente nos pueden tocar.

Somos un pueblo en el que no existe edad para víctimas ni para victimarios; acá tenemos niños que mueren y niños que asesinan. El año pasado, en una calle por la que camino con regularidad, fue asesinada una niña de 13 años por robarle el celular, —el asesino tenía 17 años--. Catalina, la víctima, tenía 13 años, era estudiante, hermana, hija, amiga y muchas otras cosas. No podemos permitir que todo lo que ella representaba se convierta en un dígito de la tasa de homicidios cometidos durante el 2016; ella representó valores para las personas a las que amó y esto no puede ser reparado al incluirla en una cifra.   

Las declaraciones de sus padres siempre me han llenado de admiración: apelan al perdón y a la certeza de una justicia que llegará en algún momento. Personas como los padres de Catalina demuestran que acá también viven ciudadanos decentes que merecen garantías que preserven su alegría.

Las cifras nos han insensibilizado, impiden que tomemos parte en la tragedia y que busquemos soluciones colectivas a tantos problemas que aquejan nuestro municipio. Muchos de ustedes — al igual que yo— tienen hijos y quieren verlos crecer tranquilos. Las cifras son insuficientes, anulemos ese sedante con nuestras acciones.

Por: Julián Alejandro
Escritor radicado en Yumbo

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