¡NI UNA MÁS, NI UNA MENOS, VIVAS NOS QUEREMOS!

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Las mujeres feministas hemos batallando por los derechos durante décadas, pero la reivindicación que buscamos son los derechos para todos y todas, en las condiciones exactas de acuerdo a la necesidad de cada quien.

Desde la fundación del sistema patriarcal, a las mujeres se nos ha vulnerado el derecho a la vida, a la libertad, a la autonomía sobre nuestras decisiones y nuestros cuerpos, en otras palabras, se no ha negado el derecho a decidir cómo construir la felicidad propia y en comunidad. Las mujeres no queremos seguir siendo la mitad de la población estigmatizada y excluida. No son dádivas lo que reclamamos, sino mínimos para que toda una comunidad esté realmente integrada.

El feminicidio es la manifestación más cruel de odio de un sistema que privilegia los derechos de los hombres frente a los de las mujeres; es una alerta que nos dan a las mujeres: todas podemos ser víctimas, todas podemos ser castigadas; es un acto atroz que nos envuelve a todas en una profunda tristeza, pero que, afortunadamente, en lugar de inmovilizarnos, nos hace reaccionar, llamar a la calle. En este proceso no solo encontramos mujeres conscientes de que hay que salir, levantar la voz, empuñar banderas, gritar arengas, agitar el corazón; también encontramos a otros, algunos hombres, que no se identifican con la violencia y el horror, con un sistema que le aprisiona y encarcela. Esos hombres son nuestros compañeros y aliados en esta lucha.

Colombia está entre los diez países con más feminicidios en el mundo, siendo el segundo en América Latina; cada día se presentan en el país 48 denuncias de niñas y niños como víctimas de violencia sexual, cada día hay cuatro asesinatos de mujeres; más del 90 % de los casos de violencias contra las mujeres y las niñas queda en la impunidad, en muchos casos, la víctima ya había acudido al Estado para denunciar o solicitar medidas de protección.

La sociedad y la cultura justifican y naturalizan de muchas formas las violencias contra niñas y mujeres, haciéndolas doblemente víctimas. Solo si toda la sociedad, las comunidades, las organizaciones y la institucionalidad hacemos consciente el flagelo de la violencia contra las mujeres, podemos revertir los imaginarios que la sustentan. Por su parte, los medios de comunicación deben ayudar a divulgar estos horrores, pero también las buenas prácticas.

El sistema de salud debe escuchar el cuerpo de las mujeres cuando este grita de horror; el sistema educativo tiene que ser sensible a los temas de la violencia contra las mujeres; el sistema de justicia debe cumplir con la debida diligencia; los asesinatos de mujeres deben ser atendidos, investigados y judicializados; el ejecutivo debe hacer posible la política pública con verdadera voluntad, recursos, personal capacitado y sensible; los órganos de control deben ser aliados de las activistas. En suma, el Estado debe reconocer que es responsable de cada feminicidio, cuando no se despliega todos sus recursos para evitarlo.

Las feministas no pretendemos ser iguales a nadie, ni arrebatarles a otros sus derechos; pretendemos ser libres y felices así como muchos hombres lo han logrado, pero para eso necesitamos que toda la sociedad entienda que la cultura tiene que cambiar.

En Colombia las mujeres defensoras de derechos humanos enfrentamos grandes dificultades para el ejercicio de nuestro trabajo reivindicatorio: somos duramente estigmatizadas por los prejuicios existentes sobre el ideal de mujer hacendosa, sumisa, hogareña, lo cual nos expone a la evaluación y recriminación de nuestras familias, comunidades y de la sociedad en general, además que nos expone a mayores niveles de inseguridad y agresiones por parte de los detractores, de agentes violentos que tradicionalmente amenazan la integridad y vida de las personas defensoras de derechos humanos.

Que el feminicidio de Lady Johana nos obligue a reflexionar y actuar. No puede ser que en Cali ser niña o ser mujer sea un riesgo de muerte. No queremos escuchar más llantos ni lamentos; exigimos que la violencia machista no se lleve la alegría ni la vida de ninguna niña o mujer; los hombres se deben distanciar de la violencia y de la crueldad como forma de relacionarse; el Estado debe cumplir su labor, que prevenga, proteja, atienda, investigue y haga justicia. “Ni una más, ni una menos, vivas nos queremos”.

María Eugenia Betancur Pulgarín
Coordinadora Proyecto Paz con Equidad de Género
Corporación para el desarrollo Regional - CDR

Observadora ciudadana

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