UN CAMINO QUE SE SIGUE ESCRIBIENDO

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CAMINO-ESCRIBIENDO

La presentación del Cuaderno Ciudadano # 9 “Iglesia y movimiento social en el Pacífico Colombiano”, realizado el miércoles 27 de marzo en el área cultural del Banco de la República de Cali, nos ha llevado a pensar la vocación con la que realizamos tanto los cuadernos como su socialización en eventos de carácter público.

Recordamos por ejemplo el tiempo en el que presentamos el cuaderno construido con los vecinos y vecinas de Potrero Grande, por allá en octubre de 2014, tiempo en el que el álgido conflicto violento en el barrio ponía en la agenda pública los cuestionamientos a la política de vivienda del Gobierno nacional, principalmente por no generar procesos restaurativos y de reconstrucción del vínculo entre los pobladores y el nuevo barrio.

En su momento este cuaderno fue escrito con las historias de vida de once de sus pobladores que daban cuenta de todo el proceso de desplazamiento y desarraigo que vive una familia al llegar a la sucursal del cielo. De allí que el ejercicio de escritura estuviera centrado en lo que entendemos por gestión del conocimiento, es decir, un saber propio del colectivo social que va emergiendo en un ejercicio de diálogo y reflexión expresado a través del lenguaje escrito y la narración fotográfica.

Viene bien destacar que los cuadernos son entendidos por el observatorio como una estrategia que permite establecer un diálogo social con una comunidad específica, para a partir de allí gestionar el conocimiento que esa comunidad tiene respecto a su vida comunitaria, bien sea haciendo memoria o proyectándose de cara a nuevos desafíos. En ese sentido, los cuadernos son apuntes borrador que se deben seguir escribiendo en el diálogo social que susciten, siendo determinantes los consensos o disensos que se generen en el camino.

Encontramos pues, similitudes entre el cuaderno de Potrero Grande y el dedicado a la Iglesia en relación al movimiento social en el Pacífico colombiano, principalmente porque los protagonistas de la vida social, es decir, quienes escriben con sus cuerpos y prácticas, son en quienes se centra el discernimiento. En ese sentido, hay que decir que el ejercicio de diálogo con siete de los protagonistas de esta historia (monseñor Héctor Epalza, el padre Jhon Reina, el padre Álvaro Marín, el padre Sterlín Londoño, la hermana Aida Orobio, el misionero Ezio Roatinno y la líder social Dora Vargas) nos llevó a reconocer tres memorias fundantes en este camino (monseñor Gerardo Valencia Cano, el padre Ulcué Chocué y la hermana Yolanda Cerón) a quienes nos propusimos dedicar arrullos y alabaos de manera que el tributo que ellos dieron como creyentes al sembrar buena semilla nos dieran pistas para continuar abriendo la senda.

Se trata pues de un ejercicio de escritura en el que se reconoce una memoria vigente en las comunidades, agenciada por figuras laicas y eclesiales que permanecen en el territorio y ven la necesidad de reinventarse ante las realidades del nuevo contexto social, De allí que haya sido oportuno el ejercicio de reflexión colectiva durante la presentación del cuaderno, ya que permitió cruzar a algunos de los actores que han venido pensando la relación entre la Iglesia y el movimiento social de paz en el Pacífico.

Y quienes nos animan a entender las memorias, más allá de un mero recuerdo, entendiendo que significan la presencia de muchísimos hombres y mujeres que han ofrendado su vida por el evangelio (Darío de Jesús Monsalve, arzobispo de Cali) y en quienes en su testimonio es posible encontrar el sacrificio de una Iglesia en salida, que ha de trabajar arduamente para ir a la periferia y comprometerse con los dolores y las esperanzas de las comunidades en los distintos territorios, una “(…) Iglesia que en este momento se sitúe en el mundo de los pobres”, Héctor Epalza Quintero, obispo emérito de Buenaventura.

Es decir, una memoria viva y comprometida que requiere ser leída como una siembra con vigencia y de cara a una práctica actual, con ejemplos concretos que permiten discernir los cruces entre fe y cultura, específicamente en las maneras en que se expresa el acompañamiento respetuoso de la Iglesia a comunidades indígenas, afrodescendientes, campesinas y con los pobladores urbanos; una Iglesia que se deja evangelizar a través de los vínculos que establece con su pueblo, tal y como lo ejemplificó el padre Ulcué Chocué en relación con el pueblo Nasa, porque no niega la lengua ni las tradiciones indígenas, sino que, por el contrario, las respeta, las resalta y las promueve como fortaleza identitaria y liberadora (hermana Aida Orobio[1]).

O como lo diría el padre Jhon Reina Ramírez[2], al pensar el papel de la Iglesia en relación al movimiento social, que permite “(…) ayudar a transformar las realidades para exigir los derechos y los deberes de las comunidades”. Compromiso que surge como respuesta a las injusticias sociales y para defender la dignidad humana amenazada, que se muestra de manera más dramática en los territorios del Pacífico y suroccidente colombiano y que obedece a la Doctrina Social de la Iglesia (padre Arturo Arrieta[3]).

Respecto a ese desafío transformador que se experimenta en el acompañamiento, Yenny Ortiz[4] dice que se debe: “1) seguir consolidando la autonomía de la región desde las diócesis, 2) acompañar a las víctimas del conflicto armado y 3) apoyar la autonomía de las comunidades indígenas y afrodescendientes”. Lo anterior en concordancia con Dora Vargas[5], quien destaca que "en la gobernanza hay una oportunidad para transformar las realidades sociales en las regiones” y la necesidad de empoderar a las comunidades para que asuman “un papel más activo en la toma de decisiones frente a las problemáticas que les afectan".

En síntesis, una serie de aportes con vocación de paz que con recurrencia animan a escuchar las voces que emergen en los territorios y comunidades para continuar el camino compartido entre Iglesia y movimiento social, que permitan edificar el Reino de Dios en la tierra, en el marco de la diversidad cultural y étnica, el respeto y cuidado de la casa común y las acciones para proteger la vida y volverla el centro de la relación humana.


Observatorio de Realidades Sociales

P.D: de la presentación de este cuaderno ciudadano quedan dos tareas concretas que esperamos hacer realidad pronto. La primera de ellas, poder generar un nuevo espacio de diálogo sobre estos mismos desafíos en la ciudad de Buenaventura y, la segunda, dedicar esfuerzos a pensar las memorias de Iglesia en la ciudad de Cali, a través de testimonios como los del padre Daniel Guillard, el padre Alfredo Walquer y la hermana Alba Estella Barreto.


[1] Religiosa de la comunidad de Lauritas.
[2] Miembro del Comité del Paro Cívico de Buenaventura.
[3] Director de la Pastoral Social de la Diócesis de Palmira.
[4] Investigadora del equipo de paz de la Arquidiócesis de Cali.
[5] Lideresa social, cofundadora de la Casa de la memoria de Tumaco.  

 

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El Observatorio de Realidades Sociales es un servicio y un espacio de la Arquidiócesis de Cali para monitorear, interpretar, difundir e incidir en el conocimiento de las realidades sociales de la ciudad-región, con la perspectiva de acompañar a la ciudadanía en la construcción de alternativas de vida.

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