VIVIR LA FE DEL LADO DE LOS POBRES

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Un domingo característico de nuestra Sultana nos hacía antesala con sus albores a un encuentro muy especial; la Iglesia Popular de la sucursal del cielo y de sus laderas aprovechaba ese cálido día inundado de nimbados y rayitos de sol, que se manifestaban para ilustrar a los hermanos y hermanas asistentes: sabios, ecuménicos, pastorales, académicos, menonitas, sacerdotes, laicos y el equipo del Observatorio, que componían ese colectivo de hombres y mujeres que han trascendido con la palabra del Nazareno y decidido su opción preferencial por los más pobres.

Allí convocados por la fuerza de Dios Espíritu y de su amor, la Iglesia del Divino Salvador fue epicentro de una comisión portadora de un nivel de conciencia y de un estandarte de esa fe que se suda en la calle, con manos y pies humanas, esa gente que la lucha y dispone de lo que tiene -y de hasta lo que no- por sus prójimos. Esa misma gente es la que hace minga y la da toda por sus hermanos y hermanas.

El motivo, vivenciar el taller: enseñanzas de monseñor Romero y del Documento de Medellín (1968). Abrazos iban y venían, saludos afectuosos de estos seres que no se veían desde hace aproximadamente un año y que de manera ordenada fueron tomando asiento, alrededor de una mesa dispuesta en el centro con la exaltación de la Cruz, que es para los discípulos fervientes ¡el signo del amor! Y allí en ese mismo lugar, los afiches de un mártir, un verdadero testimonio de defensa de los derechos humanos y quien muriera en su ley (capilla del hospital Divina Providencia – Salvador): san Romero de América, como se le dice cariñosamente en toda América Latina; y unos libros sobre las conclusiones del Documento de Medellín, obsequiados por los amigos del Observatorio de Realidades Sociales.

A la luz de esas mentes y espíritus antes alentados por el cántico de la misa campesina (nicaragüense) “Vos sos el Dios de los Pobres”, se abrían en ese Effetá sus corazones y sus entendimientos para que, por la enseñanza del Señor Jesucristo, viviéramos un encuentro alumbrado por la luz del Evangelio y dijéramos al unísono: ¡Todo lo ha hecho bien el Señor! Hace oír a los sordos y hablar a los mudos.

Dispuestos pues de cuerpo y alma, nos congregamos en un círculo de buenos deseos, dinámica cuyo propósito era sacar lo mejor de nuestros sentires y presentar al compañero del lado y, conociéndolo o no, desearle lo que fluyera del corazón… Fue un deleite escuchar esas inspiraciones, mediante las cuales fuimos testigos de la presencia del amor de Dios en ese inolvidable instante. Qué bello es desear bonito para un ser humano y escuchar el esmero con que una persona, que ni siquiera sabe qué estás sintiendo, qué necesitas o qué haces, dice y desea esas cosas que se vuelven un motivo para sonreír y en bálsamo para el alma, como regocijo para tus dolencias y moral para tus desánimos.

Pensamos pues en el mendigo y en el millonario, en quien vestido de harapos también necesita que alguien, un extraño, pida por él y para él desee lo mejor; quizá un poco de justicia o un trozo de pan… Y en esa emotiva reflexión, con nuestras manos en posición orante, visualizamos el universo y muy especialmente el planeta Tierra, y oramos con el corazón, enviando buenos deseos a todas sus latitudes, a todos y todas sus habitantes; tuvimos en cuenta al que está por nacer y a los más longevos, pensamos también en aquellas que portan “bikini” en las playas y aquellas que llevan “Nikab” (velo de las mujeres islámicas). Estoy segura, que con nuestros corazones llegamos a los desiertos y a los océanos, oramos por los esquimales y africanos, deseamos para todos y todas lo más bello.

Con esa calmita en el alma, dichosos y dichosas, escuchamos la reseña de un académico (Jesús Flórez) sobre la vida, obra y milagros de monseñor Romero; luego, de la viva y enérgica voz de uno de nuestros sabios más queridos (P. Luis Eduardo Medina), emprendimos en el tiempo un viaje en donde experimentamos el testimonio viviente de quien fuera uno de los encargados de difundir y hacer pedagogía de las conclusiones que se enfocan en la transformación de la presencia de la Iglesia en América Latina a la luz del Concilio Vaticano II. Solicitud pastoral que recae sobre tres áreas:

·         Primera, la promoción del hombre y de los pueblos hacia los valores de justicia, paz, educación y familia.

·         Segunda, se enfocó a una necesidad de evangelización y maduración de la fe a través de la catequesis y liturgia.

·         Tercera, se tomó en cuenta los problemas que giran en torno a toda la comunidad para que sea más fuerte la unidad y la acción pastoral.

En un ejercicio de retroalimentación, nuestros hermanos de las comunidades de base enriquecieron con sus trabajos pastorales la importancia de esa predilección por los menos favorecidos.

Luego llegó el turno para otro erudito (P. Guillermo Mesa), uno de los seres más inteligentes y carismáticos que conocemos y amamos. Él nos mostró en sus manos todas sus obras: preferir a los pobres le significó calumnias y amenazas de toda índole; él con su buen sentido del humor y con esa fuerza que Dios les da a sus servidores, supo hacerles quite a todas y, hoy por hoy, nos lega uno de los trabajos con comunidades más sorprendentes de Cali.

Era entonces el momento de poner las cartas sobre la mesa. Fue así como a cargo del Pastor Menonita (Roberto Caicedo) fuimos puestos en contexto de la pobreza que afecta a América Latina y evidenciamos la asociación a la luz de la palabra, del círculo de la vida y el de la muerte.

Con cánticos a la vida y en un baile donde las generaciones se besan, coreamos con mucha alegría “Esta Vida” de Jorgito Celedón; con espíritu festivo, nos despedimos llevándonos a casa un compendio de reflexiones, fuerzas para continuar y el libro “Documento de Medellín” para seguir edificando el Reino de Dios con los ciudadanos de a pie y con nuestras comunidades.

Giraluna Díaz

Observadora ciudadana

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