DESARMEMOS NUESTRO LENGUAJE

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Locall-139 

 

 

Dichoso el que ama y respeta tanto a su hermano cuando está lejos de él, como cuando está con él, y no dice nada detrás de él, que no pueda decir con caridad delante de él

San Francisco de Asís


“Ignorante”, “iletrado”, “rata” son unas de las expresiones que días atrás salían por los medios de comunicación en otro caso en la ciudad de Cali conocido famosamente como: “usted no sabe quién soy yo”. Realidades como esta, además del abuso de “poder”, se han caracterizado por la proliferación de un lenguaje beligerante, humillante y destructivo, por el que se busca a toda costa el menosprecio de las demás personas en favor del posicionamiento de las propias opiniones y deseos.

Estas situaciones, en las que el lenguaje juega un papel preponderante, se vienen presentando de forma recurrente en las calles, en el transporte público y en los eventos deportivos, como también a través de los medios de comunicación y las redes sociales. Solo basta con ir a una de las tantas publicaciones de artículos de prensa en la web, sobre todo las más polémicas, para encontrar entre los comentarios un lenguaje que raya con la injuria y la deshonra. En estos espacios encontramos que muchas personas han identificado el ejercicio de opinar con la perniciosa costumbre de “madrear”.

Así las cosas, el insulto se ha convertido en una manera de hacer valer la palabra y de darle fuerza a una posición, con todo, también se ha convertido en una forma de reproducir la violencia, con la particularidad de que hoy en día toda esa suerte de opiniones lacerantes se propaga de manera descomunal a través de las redes sociales y medios de comunicación. Ante esta realidad que confirmamos en nuestra cotidianidad, surgen varios interrogantes, a saber: ¿de dónde le sale a la gente tanto desprecio y rabia contra los demás? ¿Por qué si somos personas de bien, nos caracterizamos por hablar tan mal? Y por último, ¿en qué momento nos convencimos de que el insulto es más poderoso que los argumentos?

Esto pone en evidencia otra lamentable inclinación: la idea de que las opiniones propias valen más que las demás, con lo que entablamos una preocupante asimetría en relación con lo ajeno. Lo peor de todo es que damos por cierto las afirmaciones sueltas, sin fundamento alguno, sin comprobar al menos si son verdaderas o no. Lo importante acá radica en la apreciación personal: “porque a mí me parece”. Creemos entonces lo que queremos creer y desestimamos cruelmente lo que los demás dicen y piensan; porque cuando alguno piensa distinto nos vamos contra su persona, denigramos de su mamá y asumimos sin ninguna vergüenza que estamos haciendo lo correcto; nos creemos la mentira que lo correcto es hacerle mal al que nos hace el mal, justificando la propia maldad en la maldad de los otros, como si eso nos autorizara a pasar por encima de los que piensan distinto o de los que hacen cosas que nos desagradan.  

Ante esta realidad, es importante que como ciudadanos nos hagamos un fuerte y sincero cuestionamiento sobre las formas que estamos asumiendo para relacionarnos y convivir con los demás. Se hace urgente reconocer que no podemos naturalizar la práctica de aniquilar al otro a través de las palabras por el simple hecho de no estar de acuerdo con sus opiniones o porque nos tenga indignado su comportamiento; no podemos promover un lenguaje que incite a la guerra cuando lo que necesitamos es fomentar desde lo cotidiano prácticas que nos hablen y nos conduzcan a la paz entre los ciudadanos; no podemos estar aprendiendo modelos vociferantes que en vez de reconciliación traen consigo una mayor polarización.

En favor de la paz urbana y territorial, debemos renunciar a la falsa pretensión de buscar que los demás se ajusten a nuestras propias opiniones para poder entablar relaciones cordiales. Toda persona tiene una perspectiva distinta de la realidad, sin embargo, también tiene la suficiente capacidad de construir un lenguaje de paz y reconciliación que se nutra desde las diferentes perspectivas. Esto es cuestión de buena voluntad. Por lo pronto, es necesario desaprender la costumbre del insulto para enfocar nuestras energías en elaborar argumentos que busquen el bien común. Ayudémonos a crecer juntos comenzando por fomentar, a fuerza de buenos argumentos, la dignidad de todos ¡Desarma tu lenguaje!

 

Observatorio de Realidades Sociales

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El Observatorio de Realidades Sociales es un servicio y un espacio de la Arquidiócesis de Cali para monitorear, interpretar, difundir e incidir en el conocimiento de las realidades sociales de la ciudad-región, con la perspectiva de acompañar a la ciudadanía en la construcción de alternativas de vida.

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