UNA CIUDADANÍA PARA LA PAZ

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 INTERNACIONAL 151

Pese a lo que significa intentar dejar atrás medio siglo de guerra (y un poquito más), muchos colombianos siguen preguntándose: “¿Cuál Paz?” Por ejemplo las redes sociales están inundadas de comentarios que cuestionan sobre tan oportuna pregunta que entre líneas lo que lanza es una crítica para decir: “aquí no hay Paz”, y tienen razón.

En la Misa por la Paz que se realizó en la Catedral San Pedro Apóstol de Cali, en conmemoración por el primer año de la Firma del Acuerdo de Paz, monseñor Darío de Jesús Monsalve, Arzobispo de Cali, de frente a la feligresía que atenta escuchaba sus palabras, hizo una analogía que da cuenta del momento en que nos encontramos como país. Dijo monseñor Monsalve:

“¿Cómo está Colombia? Como un arquitecto que ha iniciado la construcción de una torre, una torre para vigilar su ciudad y no quiere dejar esa torre, por eso se sienta a mirar qué está pasando que no puede concluirla. ¿Cómo está Colombia? Como un rey que suspende una guerra y manda una embajada de Paz y hace un pacto con el adversario para evitar una guerra suicida; así estamos también nosotros sentados hoy preguntándonos qué ha pasado con el pacto firmado hace un año, cómo vamos a evitar el suicidio de más años de conflicto armado y de violencias interminables”.

Hemos visto que el Gobierno y las Farc han dado un paso importante pero no suficiente para construir la Paz. El país, ese que amamos, la Colombia que nos hace henchir el pecho de orgullo ante el mundo por el delicioso sabor de su café, por la belleza de sus paisajes, por la amabilidad de sus gentes, necesita de una ciudadanía que dé muchos más pasos que caminen comprometidos sin detenerse, sin descanso, sin desviarse de la ruta para poder avanzar hacia tan noble propósito.

Hay avances importantes que no se pueden desconocer, con argumentos incontrovertibles, contundentes. Según el Centro de Recursos para el Análisis de Conflictos (CERAC) en su más reciente informe reveló que en los últimos cuatro años la salida política al conflicto ha salvado alrededor de 3.000 vidas de hermanos y hermanas; 3.000 cuerpos que dejaron de llorarse, 3.000 féretros que no fueron a parar dos metros bajo tierra; nos hemos ahorrado 3.000 nuevos dolores y eso hay que festejarlo. Una sola vida que se logre salvar es suficiente razón para alegrarnos y, aunque cueste creerlo, hay a quienes pareciera que el viento de la Paz aún no los toca.

Nos han educado bajo el desafortunado aprendizaje de aplicar la Ley del Talión, esa que dice: “ojo por ojo, diente por diente”. Y así los colombianos hemos crecido en medio de una sociedad que nos enseña más a odiar que amar y perdonar.

La mala educación nos ha encerrado como sociedad en un círculo vicioso que desde la venganza alimenta las violencias, y para transformar esa dolorosa realidad es necesario hacer una apuesta por una ciudadanía preparada para asumir el enorme reto que significa convertirnos en el asta que sostenga la bandera la Paz.

Sin formación, sin educación, sin cultura, sin artes, tendremos una ciudadanía susceptible a las mentiras, a la posverdad, a la manipulación, a esos liderazgos autoritarios que como buenos culebreros hipnotizan y seducen a incautos con un amplio repertorio de trucos, con los que le ponen trabas a la democracia. Sin hombres y mujeres preparados para analizar de manera crítica lo que sucede en Colombia, será difícil superar esa condición que nos mantiene atascados en ese lugar en el que desde hace años permanecemos.

La Paz no es un asunto que ya está hecho ni resuelto. Es más, lo que hace falta por recorrer es bastante largo y con serios obstáculos que no se resolverán si no se cuenta con una ciudadanía dispuesta para aportarle a la Paz, una ciudadanía que salga de ese lugar cómodo y pasivo en el que se encuentra, una ciudadanía que desde la conciencia sepa hacerle el quite a los trucos de politiqueros expertos en manipulación que, en su afán de acumular capital político, colocan en peligro una de las más reales posibilidades que se han tenido en los últimos 50 años para salir de una vez por todas del conflicto armado.

Si tanto nos interesa el asunto de la Paz, hay que entender que esta no se hace sola, que se necesita de las manos de todos y todas para darle forma, y esto nos obliga a optar por el ejercicio pleno de la participación, esa que va más allá de pararse un domingo para salir a depositar un papel en una urna.

El desencanto que muchos sienten hoy por la Paz, además de los continuos cuestionamientos que han surgido en torno a esta,deja clara la urgente tarea de desarrollar unas capacidades ciudadanas que, a través de un ejercicio pedagógico amplio, nos permita como sociedad educarnos para la convivencia, en el respeto por la vida y la diferencia, esto como un primer paso que nos conduzca a saldar esa deuda que tenemos con la reconciliación.

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El Observatorio de Realidades Sociales es un servicio y un espacio de la Arquidiócesis de Cali para monitorear, interpretar, difundir e incidir en el conocimiento de las realidades sociales de la ciudad-región, con la perspectiva de acompañar a la ciudadanía en la construcción de alternativas de vida.

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