POR SUS FRUTOS LOS CONOCERÁN

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Hace algunos días atrás, la Conferencia Episcopal Colombiana emitía un comunicado en el que desaprobaba una serie de afirmaciones que buscaban poner en tela de juicio la figura del Papa Francisco como líder de la Iglesia Católica Romana. Afirmaciones acusatorias tales como “falso”, “ilegítimo” y “hereje” salían a relucir como planteamientos categóricos, a portas de la visita de nuestro Papa a tierras colombianas. Sobre esto se ha opinado que lo referido por el señor Galat, promotor de dichas aserciones, no son más que expresiones de un “viejecito” “aficionado”, desestimando con ello una suerte de posturas que se fortalecen en un amplio sector tanto de la catolicidad como de las otras iglesias en nuestro país, y que se defienden no solo en espacios religiosos, sino también, en ámbitos de confrontación política y social.     

Esto muestra que la tensión no es tan aficionada como parece. Por el contrario, recordemos que el año pasado, el plebiscito para la aprobación de los acuerdos tuvo como resultado un “no” del 50,21 % de votantes colombianos, que comprendía en parte a un importante sector de creyentes cristianos. Coaccionados o no, como en algún momento se llegó a afirmar, lo cierto es que este sector ha sido desestimado en su capacidad de determinación. Por lo mismo, tal situación no se puede seguir viendo como un fenómeno aislado, máxime cuando en el fondo lo que se agudiza es una polarización religiosa, social y política que nos puede estar afectando como nación y que va más allá de la visita papal esperada por muchos.  

Ahora bien, reconocemos con admiración que en estos grupos descansa una real preocupación por salvaguardar la riqueza espiritual y moral del pueblo colombiano. Sin embargo, también debemos reconocer que una preocupación como esta, si no es encausada de manera adecuada, puede pasar de ser un legítimo celo religioso a convertirse en una postura justiciera y alejada de toda genuina enseñanza en favor de la unidad y la paz religiosa y social. En vista de ello, entendiendo que esta situación puede ser motivo de confusión para muchas personas que no comprenden el porqué de estas tensiones, queremos proponer tres criterios que nos ayuden a discernir la mejor manera de hacer frente a la presente situación.

El primer criterio es “la unidad que emana de la fe”. Ciertamente, la fe supone la aceptación de un solo Dios cuyo interés como buen pastor está en congregar, en generar comunión, en incluir y en no aislar (Jn 10,1-21). La división, por lo tanto, encarna un claro signo en contravía de esta finalidad del Dios-Pastor, toda vez que busca confundir la fe y lastimar la convivencia entre los miembros de una misma familia.  

El segundo criterio es “la esperanza”. Todo pronunciamiento de fe está atravesado por una fuerza esperanzadora que inspira a la denuncia justa, pero que espera y anuncia la victoria “de la luz sobre las tinieblas”. Ya en su tiempo el Papa Juan XXIII cuestionaba fuertemente a los “profetas de calamidades” que solo avizoraban tragedias, negando la posibilidad de un futuro promisorio. Esto nos lleva a considerar que todo énfasis desmedido en el mal y el error pueden motivar la emergencia de concepciones que induzcan a obrar en función del miedo, y no según la inspiración del Amor eficaz que todo lo transforma.     

El tercer y último criterio es “la misericordia”, la cual está por encima de toda norma. El mismo Jesús lo dejó por sentado cuando dijo: “el sábado se hizo para el hombre, no el hombre para el sábado” (Mc 2,23-28). Lo que prevalece en esta sentencia es el hecho de que no hay ley que esté por encima de la dignidad humana. Sin embargo, el temor a sobrepasar las reglas nos puede llevar a asumir el rol de inquisidores, desligándonos del mensaje central de la caridad, para convertirnos en una suerte de justicieros en nombre de la fe. Sobre esto debemos reconocer que el problema no consiste, exactamente, en que sobreabunde el pecado, sino en que escasee el amor.  

En suma, la vivencia de estos criterios se verá reflejada en el trabajo de cada quien; será allí donde se reconocerá la labor de los seguidores de la Buena Noticia. Sobre esto reza una famosa sentencia también del Evangelio: “por sus frutos los conocerán” (Mt 7,15-19), para explicar el criterio de discernimiento mediante el cual se identifica a quienes hablan en nombre de la verdad y la paz; criterio este muy necesario para saber qué voz escuchar en tiempos de posverdad.

 

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