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Columnista

+ Darío de Jesús Monsalve - Arzobispo de Cali

Publicado el 08 de junio de 2020

Templos sin comunidad

Grandes espacios vacíos, sin la multicolor o uniformada congregación cultual, son un signo de la actual pandemia.

Hermosos y monumentales templos, signados de trascendencia y de arte, han quedado como testigos mudos de la estampida humana a los refugios domésticos.

La comunidad que los levantó como fruto del esfuerzo mancomunado y de la elevación del espíritu hacia la verdad, el bien y la belleza, quedó proscrita como amenaza de contagio y aglomeración indeseable e innecesaria.

Epidemiólogos y autoridades de línea vertical menospreciaron su valor proactivo en el tratamiento del riesgo y del cuidado solidario.

Entre la comodidad habitacional de unos y el heroísmo hacinado de muchos, todos quedamos atrapados por el miedo y sus administradores desde los gobiernos.

Entre el aguante estoico y el conjuro al peligro de hambrunas y rebeldías, han pasado días, semanas y meses, jalonados por el ya y el todavía no. ¿Hasta cuándo?

Hoy los católicos celebramos la nostalgia del templo y la conformación de la asamblea de feligreses que alimenta los vínculos del amor sobrenatural, más allá de los consanguíneos, de hecho y de derecho, de parejas y familias.

«se hizo Dios-con-nosotros, pueblo y comunidad, cuerpo de miembros vivos, unidad en la diversidad, comunión en la pluralidad».

El Dios de nuestros padres, el Dios que nos hace “fámulos”, servidores, etimología de “familia”, se hizo Dios-con-nosotros, pueblo y comunidad, cuerpo de miembros vivos, unidad en la diversidad, comunión en la pluralidad.

“Donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos”(Mt 18, 20).

Es el misterio de la Trinidad, que surge entre un hombre y una mujer que pactan con Él su convivencia y alianza esponsal; entre los miembros de una familia que se ubica en la corriente del Dios Amor, esa que transforma a los cónyuges en padre y madre, y los prolonga en hijos y hermanos, en un hogar bajo un mismo techo.

Pero “la fuente de ese Amor es Dios Padre; el río es Dios Hijo; y la corriente es Dios Espíritu Santo”, diría San Gregorio Nacianceno.
Porque Dios es Amor y “en el Amor son tres: el Amante, el Amado y el mismo Amor entre ellos”, diría San Agustín.

En este Domingo de la Santísima Trinidad, vivamos la nostalgia de esa comunidad que palpita en cada parroquia, en cada templo, en cada territorio, hasta Roma, Constantinopla o Jerusalén.

Y el próximo Domingo, Solemnidad del Cuerpo de Cristo, Domingo de Corpus, se escuche, desde las casas y calles, EL CLAMOR CATÓLICO: ¡Eucaristía en nuestros Templos! Colombia: ¡Cuenta con nosotros, cuenta con la Iglesia!

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