Un Ángel consciente y consecuente

En medio de los más difíciles acontecimientos siempre hay chispazos que mantienen encendido el fuego de la esperanza. En esta ocasión, un Ángel, con su conciencia comunitaria bien puesta, se le apareció a diez familias de la Viga de Pance en Cali.

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Por: Rubén Darío Gómez
Observatorio de Realidades Sociales

Publicado el 18 de junio de 2020

La cuarentena ha dado para todo: en las cantinas están vendiendo revuelto, los mariachis recorren barrios con la serenata móvil, la tradición de hacer pesas con cemento se trajo de antaño, el bus que nunca llevaba puesto ahora tiene sillas vetadas por el distanciamiento, el paseo de olla se hace en el andén aunque no haya río, los creyentes apelaron a las catacumbas y un policía de la ciudad refrescó el derecho a la objeción de conciencia.

Este último se llama Ángel Zúñiga, un patrullero con diez años en la Policía, ahora conocido por gran parte del país, debido a que el martes 9 de junio decidió negarse a cumplir la orden de desalojo que pesaba en contra de una decena de familias que hace más de una década habitan en el sector la Viga del corregimiento de Pance, al sur de Santiago de Cali.

«no podemos olvidar: primero, el derecho a la objeción de conciencia que garantiza la libertad de creencia»

Su explicación para desobedecer la orden fue: “Yo quiero mucho mi uniforme, ayudar a la comunidad. He participado en varios desalojos, solamente que este ocurre en medio de esta medida sanitaria y, como ven, todo el mundo debe estar en sus casas, proteger a sus hijos, a los ancianos, a mujeres embarazadas…” un mensaje bastante consecuente que pone de presente dos asuntos que no podemos olvidar: primero, el derecho a la objeción de conciencia que garantiza la libertad de creencia y protege a la persona para que no sea obligado a actuar en contra de sus principios (Artículo 18 de la Constitución Política); segundo, la necesidad de que la institucionalidad, con exceso de protocolos, leyes y procedimientos, no se deshumanice y termine desdibujada en aparatos a “control remoto”.

Signo importante el del patrullero, que le habla al país respecto del límite frente a la humanidad y la dignidad de la persona, un asunto que, pese a ser tan reiterado en los derechos humanos, es tan vulnerado bajo el amparo de procedimientos judiciales e, inclusive, tras el uso de uniformes; ejemplo profundo de cómo promover conciencia y consecuencia en los funcionarios de las más diversas instituciones y con los más variados servicios, principalmente en lo concerniente a condolerse del otro; esperanza expresada en una humanidad sensible que fortalece la institucionalidad bajo los principios de solidaridad y respeto por la vida.

P.D: Al margen de la conciencia de Ángel, el desalojo se realizó en plena emergencia de salud y cuarentena, de allí que sea difícil dejar por fuera tres preguntas incomodas: ¿tenemos fuerza policial para desalojar familias pobres, pero no lo suficiente para identificar y contrarrestar a los urbanizadores piratas? ¿Se hacen cumplir las órdenes judiciales tumbando viviendas y cultivos, pero es lenta y escasa la solidaridad, los albergues y el bienestar social? ¿Continuará Cali administrando la pobreza al son que le toquen o buscará inspiración en la región Pacífica, levantando la bandera y rectificando?

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Un Ángel consciente y consecuente

La migración de ciudadanos venezolanos a territorio colombiano es uno de los problemas del país que reviste mayor importancia en lo que va de este 2018, no solo por el gran número de inmigrantes, sino también por los inconvenientes en materia económica, y por los vacíos logísticos y de infraestructura para la acogida, teniendo en cuenta la inexperiencia de Colombia con fenómenos de semejante magnitud.

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Por: Observatorio de Realidades Sociales

Publicado el 15 de febrero de 2018

Debemos además tener presente que esto sucede en un tiempo en que las relaciones entre Venezuela y Colombia se han visto profundamente deterioradas. En este sentido, el fantasma de la intervención militar estadounidense ha generado toda suerte de especulaciones, resultando de ello el distanciamiento diplomático, además de los lenguajes y posturas beligerantes entre funcionarios de cada Estado. En momentos pareciéramos estar a portas de un conflicto entre naciones, como si no tuviéramos suficiente con los propios que cada soberanía padece.

En ese ambiente de hostilidad, que también comprende a los demás países de la región, Venezuela se prepara para unas elecciones caracterizadas por un inconformismo nacional y por un enrarecido ambiente que no permite tener claridad sobre la legitimidad de los próximos comicios. Sobre esto, también se percibe la postura de algunos medios de comunicación que siembran duda de si su información está en favor de la veracidad o si tan solo cumplen un papel auspiciado por la mano invisible de detractores en contra de la ya conocida ideología del Gobierno venezolano.

En medio de toda esta tensión se encuentran innumerables familias que recurren a nuestro territorio en busca de auxilio y de nuevas oportunidades. Según datos oficiales, hasta enero del presente año, alrededor de 550 mil venezolanos han entrado a Colombia en busca de mejores condiciones de sostenimiento o como lugar de paso para acceder a otros países del sur del continente.

En lo relativo a Cali, los mismos datos afirman que alrededor de 2.800 migrantes venezolanos se han establecido en la ciudad de manera legal. A estos datos se le suman los que presenta la Gobernación del Valle, que dice que son alrededor de 4.000 ciudadanos (entre legales e ilegales), en contraste con las cifras de la vocería venezolana en Cali que afirma que en la ciudad se encuentran alrededor de 30.000 venezolanos.

Lo cierto de estas cifras es que no hay un estimativo claro de cuántos serían los migrantes del vecino país que actualmente se encuentran en Cali. Esto pone de relieve la necesidad de establecer cuántos ciudadanos venezolanos estamos acogiendo en la ciudad y, con ello, la necesidad de poder determinar: cómo están conformados, cuántos niños y niñas hay entre ellos, cuantas mujeres en periodo de gestación y de lactancia, cuantos los adultos mayores, y cuáles las necesidades más urgentes de la población hermana.

Todo esto porque es importante empezar a ejercer nuestra solidaridad ciudadana de manera organizada y focalizada en aquellas poblaciones que puedan encontrarse en mayor situación de vulnerabilidad. En este orden de ideas, es urgente movilizar la ciudadanía y las instituciones para unir esfuerzos que se concreticen en “una estrategia que conjugue cuatro acciones: acoger, proteger, promover e integrar” (Papa Francisco).

Ahora bien, es natural que esta situación nos ponga de presente la disyuntiva de atender a una población que llega de fuera, cuando no es suficiente lo que hemos podido hacer con una población que ya tenemos y que se encuentra en condiciones de vulnerabilidad igual o peor ¿Cómo hacer entonces para que sin dejar de lado la responsabilidad que tenemos con los nacionales, seamos también capaces de acoger fraternamente a los que llegan a causa del conflicto de su propio país?

Sobre esto debemos pensar que Venezuela no es el único país que ha padecido a causa de la violencia o de la gestión de sus gobernantes; Colombia también ha sentido estos rigores y, en su momento, ha contado con el apoyo de muchas naciones. Es de notar que el cálculo de colombianos que migraron al vecino país entre 1990 y 2005 sumó alrededor de 625 mil, convirtiéndose Venezuela en el tercer país del mundo con la mayor población de inmigrantes colombianos (Universidad del Rosario, 2015). Esto también permite resaltar que son múltiples los testimonios de compatriotas que pudieron sacar adelante sus proyectos de vida gracias a la mano extendida de un país hermano como Venezuela.

Así las cosas, es importante pensar que a largo plazo, lo que ahora supone una gran dificultad en términos económicos y humanitarios, luego puede convertirse en la oportunidad para un nuevo y renovado impulso, si tenemos en cuenta aquello del Papa Francisco cuando habla de la mirada de fe sobre refugiados y migrantes: “esta mirada sabe descubrir que no llegan con las manos vacías: traen consigo la riqueza de su valentía, su capacidad, sus energías y sus aspiraciones, y por supuesto los tesoros de su propia cultura, enriqueciendo así la vida de las naciones que los acogen” (2017).

Es interesante observar que si algo nos ha unido como nación es precisamente esos gestos de solidaridad tan característicos a nivel vecinal y comunitario. Tal vez en esa solidaridad encontremos la respuesta a los problemas de polarización y fragmentación que padecemos como país; tal vez Venezuela sea el “amargo” jarabe que, contradictoriamente, nos trae la salud, porque nos une en un solo sentir y nos impulsa a sacar lo mejor de nosotros mismos. En este sentido, la solidaridad no es un impulso de la mera emotividad asistencialista, sino que se convierte en el razonable movimiento de la voluntad para acoger, proteger, promover e integrar la vida humana y hermana.

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